19/1/13

Un hecho de sangre


Marcelo Del Castillo

¡Llame a una ambulancia! ¡Llame a una ambulancia!
Los gritos del niño frente a la garita.
El celador lo mira y recuerda que en la madrugada, en esa casa llegó la pareja, cayéndose de la borrachera. Él la empujó cuando cruzó la puerta y entró. Ella se carcajeó y siguió al interior. El hombre subió tras ella y discutían fuertemente. Entre las palabras que distinguía el hombre decía, eso no me lo hace más, porque si no va a ver quién soy yo. Y gritaba.
Adentro la mujer seguramente cerró con fuerza la puerta porque se oyó claro un portazo que despertó al niño.  Después una voz de mujer dijo qué pasa, otra vez de pelea. El celador recordaba y siguió su rutina de caminar vigilante.
El niño ahora  lo mira ansioso con los ojos llenos de lágrimas  y le repite urgido:
¿Por favor, llame una ambulancia!
El celador marca desde su celular.
Sí, que venga una patrulla que hay una riña familiar.
El niño regresa corriendo a la casa. Sube al cuarto y se detiene nervioso en el último escalón viendo que el hombre está sentado atravesado sobre el pasillo y no puede cruzar.  Siente miedo y está temblando porque le ve en la mano que empuña todavía el cuchillo de la cocina ensangrentado. Alcanza a ver que su madre yace en la cama y no se mueve. “Está  muerta. Este pirobo mató  a mi mamá” y se sienta a llorar en silencio.
Una mujer desconocida, una vecina que dice que es enfermera sube urgida y entra al cuarto y se acerca al cuerpo y observa a la mujer y nota las  heridas sangrantes en el pecho tibio, y ve una profunda herida en el cuello. Las cuenta. Son doce puñaladas. Tres en el abdomen. Una le perforó un seno. La masacró ese bruto. ¡Por  Dios, que saña y violencia! La vecina piensa en los celos, en la intolerancia de los hombres.  Es muy bonita. Ella la recuerda porque al cruzar la avenida la reconoció  un día en la miscelánea que era la dueña, aunque nunca conversaron de nada. Quiere llorar y se acuerda de una oración y  mejor reza mentalmente.  La palpa en sus signos vitales, y ya no se puede hacer nada. Sale urgida mientras observa al pasar que el hombre está como dormido y sigue sentado en el suelo atravesado en el pasillo.  Hace una mirada de desolación negando con la cabeza. La mujer de la casa al comprender, estalla en llanto. Sube urgida mientras el hombre se levanta. La mujer se asusta y nota que está todavía borracho pero su borrachera es extraña, esta como enajenado piensa.
Del fondo del pasillo, el niño se asoma desde el cuarto y llora pero vuelve a encerrarse al ver al hombre con el cuchillo en la mano. Por el ruido y los gritos ahogados del niño otros dos niños menores que dormían en el cuarto se despiertan. El niño se acerca  a las camas y les dice que no se levanten, que todavía pueden seguir durmiendo. Pero uno le pregunta por qué estás llorando. No, yo no lloro es que me entró  mugre a los ojos. Se asoma otra vez a la puerta y el hombre está ahora de pie empuñando el cuchillo que se lo acerca a su garganta. “Ese pirobo mató a mi mamá”. La mujer se lanza a quitarle el cuchillo y el hombre se tambalea, soltándolo. El cuchillo cae al suelo. El hombre se agacha a recogerlo pero  él se cae de bruces. Llega un par de policías y desde  las gradas de la escalera le apuntan con sus armas de dotación. El hombre al ver a los policías,  apuntándole agacha la cabeza y con tristeza les dice, saben yo la amaba, yo la amaba. Uno de los policías le ordena con una patada que se levante diciéndole, la amaba tanto que  tuvo que matarla. El hombre frente a los policías los mira con la mirada perdida, extraviada repitiendo yo la amo, la amaba. Ya está muerta, pobrecita. La amaba. Lo esposan. La mujer empieza a golpearlo en el pecho. El otro policía la aparta a un lado mientras la mujer exclama, ¡por qué tuvo que matarla, bruto!
Detrás de los policías suben los paramédicos y uno de gafas se acerca al cuerpo de la mujer asesinada, le hace una breve inspección ocular, y le dice a uno de los policías que llame al furgón de criminalística para hacer el levantamiento del cadáver. Ahora es de ustedes ese chicharrón tan sangriento.

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