14/8/12

Esperaba sucediera algo

Foto: Daria Endresen. Fuente:dariaendresen.com
Marcelo Del Castillo

Estaba parado sobre el andén, percibiendo los ruidos frenéticos de la avenida, donde veía transitar los carros veloces que pasaban como oleadas levantando polvo y papeles, mareándome. Sentí fatiga pensando qué hacer ahora. Miré hacia los cerros y me imaginé caminando ansioso entre el apretado bosque de niebla, asomándome a los abismos de los acantilados, pensando cómo la vida se me abría en otro abismo insondable sin saber qué hacer ni a dónde ir. Sentí que si caminaba desfallecería y me atacaría un vértigo. Me apoyé en un poste. La gente, que en ese momento pasaba de prisa, me miró y siguió presurosa a su jornada, a su diligencia, a su trabajo pensé.
Me senté en el borde del sardinel y escuché los insultos desde los carros cuando pasaban raudos: ¡Guevón, te quieres morir! ¡Marica, quítate de ahí! Se acercó un policía. ¿Qué le pasa, amigo? Al oír la palabra amigo subí la mirada y vi que era un hombre joven y apuesto. Me extendió la mano. Dígame, ¿qué le pasa? ¿Lo puedo ayudar?
Recordé los innúmeros policías de otros momentos de mi vida. El policía bárbaro que en plena navidad me golpeó con su bolillo en el estómago siendo yo un niño; el policía que rompió su bolillo en mi canilla en una trifulca callejera derivada de una manifestación con pedreas; los dos policías que una noche desolada vi que empujaron a empellones a un travesti en una calle oscura y empezaron a violarlo. Pensé como Borges, un policía son todos los policías. Pero este policía joven y apuesto me daba la mano, y le atendí. ¿Está enfermo, qué le pasa?, me dijo. Yo sólo lo miraba. Me levanté, me tambalié. Realmente estaba mareado. Y sentí un dolor de cabeza muy intenso que zumbaba en mis oídos y no se me quitaba. El policía trató de sostenerme. ¿Dónde vive?, me preguntó. Yo sólo lo seguí mirando. ¿Se siente bien?, volvió a decirme el policía. De pronto apareció Marcelo y al verme se acercó. ¿Qué le pasa Delca?, dijo. ¿Usté es amigo de él?, dijo el policía. Sí, somos vecinos, respondió Marcelo. Más parecen hermanos o gemelos, son iguales, dijo el policía. Será, dijo Marcelo, mientras se acercaba sonriente con su mirada profunda que quiere esculcarle a uno el alma. Me tranquilicé, aunque seguía mareado. No se preocupe, yo me encargo, dijo Marcelo. Llévelo donde un médico, dijo el policía al irse. Sí, sí, eso haremos, dijo Marcelo. ¿Qué le pasa, Delca, por qué está así?, dijo. La realidad me tiene jodido, le dije a Marcelo, que no supe de dónde ni cómo salió pero estaba allí.
También él se la pasa leyendo muchísimo. Vive hacinado entre libros que están puestos por todas partes. Uno pisa el suelo y halla los libros incrustados como si fueran más ladrillos. Por los libros y su desorden hay una humedad que se nota y una oscuridad de penumbras: las paredes están como tapizadas con enormes carteles con citas literarias extraídas de los mismos libros y más libros. La cama donde duerme Marcelo se dijera que es un nicho de libros y de textos. Es una manera rara de inmersión que hace Marcelo para sumergirse en el más amplio y vasto universo de los libros y, por consiguiente, en su literatura. La última vez lo encontré en la biblioteca abrazado a más libros y me mostró un rimero grueso de hojas impresas que extrajo de un sobre de manila; son el borrador de una novela, me dijo ese día. Pero hasta ahora no le conozco una obra acabada, cerrada y completa; por ejemplo, un libro de cuentos. Sí escribe bajo una fórmula que él se inventó. Todos los escritores son dados a inventarse fórmulas con sus libros malos que después, a nosotros los lectores, nos atosigan.
Escribir sin inspiración y sólo bajo la imaginación, dijo a manera de consigna como si fuera su militancia literaria. Y dijo funcionarle. Estoy escribiendo ahora un cuento policiaco, larguísimo, donde el narrador es un policía de civil que se infiltra en el submundo de los bajos fondos con el fin de penetrar una compleja red de corrupción administrativa, de asesinatos de putas, trata de blancas, sicarios y guerrilla con la derivación de otra red de terroristas al servicio del narcotráfico. El policía descubre alarmado que un grupo élite de agentes del propio gobierno está encargado de crear zozobra y miedo en la población con actos terroristas, y que su vida está en peligro. Eso me contó y estaba aplicado a escribirlo mientras yo me iba mejorando de mi malestar de pánico a la realidad.
Vive escribiendo, según su fórmula, esa novela larga que ese mismo día me dijo llegó a las doscientas páginas, que ya la tenía a punto. Cuando tiene bloqueos con la novela asiste a talleres de narrativa para no sentirse tan solo, y suele encontrase a pares muy jóvenes también propensos a querer narrarlo todo, pero que en síntesis tampoco escriben mucho, buscando sí que les dé el tallerista esa fórmula mágica, ese chip de tips para hacerse escritores. Él repite una y otra vez que la única que conoce es escribir sin inspiración y sólo bajo la imaginación. El escritor es Marcelo. Es él quien vive tramando, como inventando historias. Yo soy el lector. Yo soy Delca, que soporto pacientemente sus líos literarios con intrincadas tramas novelescas. Ahora es más asiduo con sus llamadas para leerme una página más de su novela, y lo expresa con un regocijo infantil, diciendo que ha descubierto más fallos y verdades de la condición humana. Observa las señales que emergen de la misma realidad. Por ejemplo, mantiene cierta superstición con los arcoíris cuando se forman en el cielo gris y de lloviznas, y los ve maravillado pensando en un deseo; cuando aparece algún arcoíris nuevo en el horizonte, dice que se le van cumpliendo uno a uno esos secretos deseos y espera tranquilamente que algo extraordinario suceda en el próximo arcoíris. Y así…
No sé cuáles serán esos secretos deseos que nunca me ha confesado. Cuando hemos coincidido por esas internas simetrías de la misma realidad que sufrimos, me dice entusiasmado que espera ser parte de una historia de amor, donde expresarlo no esté envuelto en tantos intereses. Me río con cierta piedad, pues donde hay más intereses, ¿no es acaso en el amor?, pero él no pierde la esperanza. De ilusiones también se vive, le digo ya bastante repuesto después de tomarme una taza de café que me brindó y es de lo mejor que sabe hacer bien.
Atino a creer que quiere hallar a la mujer de sus sueños y con ella construir la felicidad, como haciendo honor o desdicha al apellido que compartimos: un castillo donde él sea el guerrero que cuida a una linda princesa cautiva de amor y vivir un cuento de hadas: y fueron muy felices…
Aspiro termine pronto su novela, que a propósito es de amor-humor y desamor, pero no es tan rosa…
No sé cuál de los dos escribe estas páginas.

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