25/6/11

Sólo veníamos a eso


Marcelo Del Castillo

Cuando Fernando la vio: sentada en la cama, acariciando el cobertor pensó que así empezaba a realizarse al fin el deseo que tanto encomio y decisión puso.

Recordó, cuando se conocieron. Él, asistiendo a las clases, siempre borracho a las putas clases de filosofía como si sirvieran para algo. Se echó un trago de aguardiente desde el tetrapack. Lo guardó. Sacó una botella de agua, hizo buches y se los bebió. Buscó en el bolsillo una menta y observó que ya no tenía.

“¿Por qué tomas a estas horas?”, dijo ella.

“Es mi desayuno”, respondió el.

Ella recordó el agudo sarcasmo de la respuesta que sonrío. La hizo detenerse para verlo como analizándolo. Se le hacía fatuo, bravucón, por supuesto, alcohólico. Se sorprendió después cuando a la salida de las clases él estaba esperándola. No se imaginó que ella le hubiera despertado tanto interés. Nadie la esperaba. Y, sí, reconoció, le gustaba.

Siempre le gustaban hombres mayores porque ella creía que así aprendía más experiencias.

Y fue eso que con él la llevó a probar de todo o casi todo por pura curiosidad de adolescente.

Ya lo habían hecho otras veces. Ella confió que él sólo la buscaba para acompañarlo en sus juegos de excesos autodestructivos. Entonces Fernando se aperaba como si fuera a una rumba espesa: compraba tres botellas de Habana Club, cigarrillos. Buscaba al jíbaro de la zona para comprarle varios gramos de cocaína. Cuando la llamaba con un acentuado tono de intriga como si ella fuera socia en un cruce sórdido y prohibido, que a ella le encantaba, porque hacía un desdoblamiento de su conducta. Ante su madre y sus amigas se mostraba ecuánime, bien juiciosa diría su abuela. Mosquita muerta, la insultaría una compañera de colegio, que aún la frecuentaba, porque mantenía su amistad por sus afinidades: le gustaban más las mujeres que los hombres pero no iba a ir por ahí a decirlo así nomás. Eso todavía no estaba bien visto.

A Fercho sabía seguirle la corriente y estar lista a decirle no a sus propuestas eróticas, a veces directas, a veces con doble sentido que lo mantenía a raya. Lo dejaba abrazarla, le sacaba un beso, y el sentía el rechazo. Siempre así en las ocasiones que se encerraron en un hotelucho a drogarse.

Entonces entraban en acción. Ella aspiraba con euforia la cocaína que él le suministraba, mientras oían, baladas insulsas en las que él tatareaba con sentimiento y lloraba nostálgico. Si sonaba The Beatles. Ella le decía retro, retrogrado. A mí me gusta el rock duro, el jevimetal, es el frenesí. Parcero Mayor. Mientras él bebía y bebía del pico de la botella y la asediaba, acosándola para que diera su brazo a torcer, lo que él sinceramente deseaba de ella: comérsela. Probar carne joven, jovencísima, fresca y juvenil.

“Creo que es virgen”, pensó al acercarse a ella sentada en el borde de la cama. Ella sintió, esta vez, un profundo malestar porque él insistió presionándola. La cita la puso como un enigma en estatus de feisbuc. El escribió: ¿Dios se inspira en su soledad para crear el caos? Y ella halagaba el estatus. Habían chateado, y él le hablaba de filosofía. Odiaba a Hegel porque había afirmado que los habitantes de este continente son seres inferiores. Ella río de la irreverencia. ¿Quién es Hegel? Nunca lo supo ni se interesó en preguntar. El dijo que si iban a ir donde sabían. Esta vez no podía, tenía quehaceres-mintió- pues estaba en el chat su amiga y desde la graduación no se habían vuelto a ver ni chatear y quería verla y compartirle las últimas experiencias que había descubierto, que no eran más que precisamente las farras con excesos de drogas y trago pero sin sexo con un hombre mayor que ella tenía como nuevo amigo. El man me gusta pero no para tirar le escribió a Sally, la íntima amiga. Fernando le insistió, en el chat, que tenía una cosa nueva, para que la probáramos juntos. ¿ Éxtasis?, escribió ella. No sé. Es una nueva cosa que quiero probarla sólo contigo. La ansiedad le creció a ella, e inmediatamente dejó a Sally en el chat, sin despedirse. ¿Dónde nos vemos? Escribió urgida. En el mismo hotel, donde ya nos conocen, y no le paran a tú edad, escribió Fernando. Listo, va pa esa, escribió ella. En una hora nos vemos.

Cuando ella subió las escaleras, vio la puerta entrecerrada. Fernando la ajustó cuando ella entró. Se descolgó de su vieja mochila. Fernando había puesto sobre la mesita de noche un espejito que cargaba siempre, además, brillaba en él el filo curvo de una navaja, se veían ya listas varias blancas líneas de perico.

Ella vio con ávidos ojos la cocaína duplicada en el espejito pero se sintió cohibida.

“A lo que vinimos vamos”, dijo para romper el hielo.

“Despacio y buena letra como solía decir el viejo maestro de primaria”, contestó Fernando.

Ella se recostó en la cama, se sacó sus baletas, y empezó a darse masajes en sus pies. “Estoy agotada”, dijo.

Fernando no le quitaba los ojos de encima: la vio radiante a la luz del atardecer. La definió entre el claroscuro de la penumbra con su dorado cabello corto a lo varón, sus grandes ojos marrones brillantes.

“Encedamos la luz”, dijo ella.

“No, así es mejor, más íntimo, a oscuras”, dijo Fernando.

Ella sintió un estremecimiento al oír como un anuncio, que ella no quería de él y se levantó como un resorte de la cama.

“Voy al baño, ya vengo”, dijo ella.

Fernando se acercó dispuesto a abrazarla. Se quedó mordido de ansiedad al verla que se le escabulló y cruzó bajo sus brazos extendidos hasta la puerta del baño y cerró rápidamente.

Fernando no se disgustó: ya sabía de sus desaires y rechazos, frotándose las manos.

Se ilusionó con entusiasmo que ahora si caería en sus brazos y por fin darse una revolcadita con ella. Creía que todo estaba dispuesto hasta compró un par de condones que sacó del bolsillo, por si acaso no le gustaba piel a piel por aquello del sida.

Ella se sentó en la taza del excusado pensando que este man quiere comerme y a mí no me gusta, qué hago. Sólo quiero el perico. Cómo hago. Abrió la ventana, y desde ahí pudo ver, afuera, a través del retazo de pared como se oscurecía la tarde que agonizaba. Se sintió sola y pensó en su madre tan sola como ella. Suspiró, sintiendo ansiedad. Mentalmente empezó a decirse de golpe: se lo doy, no se lo doy, se lo doy, no se lo doy.

Fernando se había metido bajo las cobijas, el cobertor estaba caído, ella lo levantó y lo extendió a lo largo de la cama. Vio en el espejito que apenas había una débil línea blanca de perico, se desánimo. Se sentó a los pies dándole la espalda.

Fernando empezó a aspirar de nuevo en el espejito. Y le ofreció.

“Pensé que no me ibas a dar”, dijo ella.

Fernando sacó el envoltorio de perico, una bolsita transparente con broche ajustable. Empezó a esparcirla con una diminuta cucharita de plata. Después con la navaja curva, se puso a picarla con cierta práctica. Ella pensó lo que hace la práctica con el vicio: adictos. Recordó sus cigarrillos y los sacó de la mochila.

Fernando se quedó esperando desairado, sosteniendo el espejito que ella no recibió.

“¡Qué pasa?”, dijo él.

Puso el espejito en la mesita de noche y también sacó de su cajetilla un cigarrillo y lo encendió.

Ella lo miró con desolación. Fumó. Por primera vez pensó en algo tan singular, tan único como matarlo. Se acercó a él diciéndole:

“Voy a acabar con tu sufrimiento”.

Vio el brillo metálico de la navaja curva y la tomó como si fuera a limpiarse las uñas. Se puso el cigarrillo en la boca y se sentó viendo a Fernando que sonreía de una manera mecánica, indicándole que se metiera a su lado en la cama. Sostuvo la navaja con fuerza en su mano y le lanzó un navajazo directo a la garganta, donde inmediatamente brotó un chisguete oscuro de sangre viva. Fernando se puso la mano en la herida mortal, sorprendido y sintió que caía a un profundo vacío oscuro donde todo se perdía.

Ella empezó a desgarrarse la ropa, se dio fuertes puños en la cara, y empezó a gritar con toda su fuerza.

Abrió la puerta y desde allí miró el cuerpo sangrante de Fernando que agónico boqueaba. Dejó caer la navaja manchada de sangre y empezó a correr por el pasillo solitario, mientras repetía a gritos una y otra vez:

“Sólo veníamos a eso, a drogarnos, pero él quiso violarme, lo mate”.

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