6/4/11

El último aliento



El último aliento
Por Marcelo Del Castillo
El planeta navegaba extraviado en la galaxia. La naturaleza se había agotado y ya no crecía la yerba ni existía el agua. La última guerra por el agua había expoliado a todos los seres vivos. Se había extinguido la vida misma del planeta. Todas las conexiones naturales habían desaparecido. La atmósfera era un manto oscuro de tinieblas donde flotaba un ambiente espeso que producía vapores mefíticos por la ausencia de oxigeno que envenenaba si se atreviera a salir de su escafandra. Martín pensó que era ilusorio tratar de hallar la compañía de alguien. Sudaba protegido en su invernadero. Eso le permitía sentirse vivo al respirar una atmósfera artificial que costó millones de vidas realizarla. Recordó que su padre contaba una fábula religiosa, que el mundo lo había hecho un dios extraño en siete días y había creado al hombre a su imagen y semejanza. Hallaba divertida esa fábula, porque, de algún modo, explicaba un mito fundacional de una especie que ya era extinta y que él era el último ejemplar que la recordaba. Educado en el frio racionalismo de la ciencia-antes de la guerra final- sólo creía en los resultados científicos. Sabía que había sido engendrado mediante in vitro en el vientre de una mujer que ofrecía estos servicios clandestinos. Su padre inmediatamente le incrustó el chip definitivo que legalizaba su existencia, para así evitar que fuera aborrecido y desechado como millones de seres por la proliferación humana que había agotado el planeta. Así, pues, él no conocía sentimientos ni sensaciones abrumadoras. A esa edad- treinta y tres años- no sabía nada de emociones ni entendía por qué en el pasado más antiguo y remoto de su especie, la gente se haya acoplado tanto para producir ese desastre planetario de acabar con el planeta mismo. No sabía ni comprendía palabras como amor, sentimientos. Su mente había sido programada desde su chip para producir cálculos científicos y raciocinios fríos y exactos, donde no comprendía tampoco la palabra error. Cuando comprendió la palabra soledad, en la que estaba, buscó una explicación pero la maquinaría fría, yerta y luminosa de sonidos, no sabía explicarle nada. Así, que abrumado se asomaba una y otra vez al blindado vidrio oscuro del invernadero donde sentía su aliento vivo, esperanzado y anhelante de una compañía…