29/11/10

“Una gota de agua condensa el universo de una vorágine”



Por Marcelo Del Castillo

Cuando abrió el grifo, comprobó que no había agua. El tubo dejó escapar borboteos de aire, pero no el líquido. Apenas brotó una preciosa gota, cayendo sobre el lavamanos que se escurrió por el sifón. La garganta la sentía reseca y áspera. No podía darse un buche de agua para enjuagarse la boca. En la nevera vio gaseosas, pero ni un agua mineral. Nada.

Recordó las imágenes con el frasco lleno de agua que se paseaba en su itinerario por una geografía diversa.

Deseó tener guardadas cajas aperadas de ese frasco con el precioso líquido. “Seguro la cortaron por malgastarla tanto”, pensó.

Llamó al acueducto y oyó una voz impersonal que dijo: si era habitante de los sectores comprendidos entre el 9 y 13 inclusive, por el estallido de una tubería no tendría agua por 72 horas, y que una flota de carrotanques suministrarían el líquido.

Colgó y se acercó a la ventana. Abajo se veía una aparente normalidad de transeúntes. Observó: eran mujeres, muchachos y hasta niños cargando grandes recipientes vacíos.

“La cosa es grave”, pensó.

De la nevera, destapó una gaseosa. Bebió con gusto y sed. Hizo buches que igual se los bebió. Después eructó con todo el placer y que a nadie molestaría. Por hábito se desvistió. Se puso la bata de toalla, pero al hacerlo sonrío. “Con qué agua me voy a duchar”, pensó.

En el espejo, se rozó las mejillas moteadas de barba que todas las mañanas se afeitaba. Hoy no tendría que hacer.

La gaseosa lo obligó a sentarse en el excusado a vaciar sus tripas. El olor denso y fétido lo hizo pensar si no estaría mal de su estómago.

Recordó las fotografías del frasco que anduvo por distintos lugares de la inmensa geografía continental, en un viaje acuoso de los particulares mundos que había tocado de lo local. Se trataba de escribir textos para un gran libro que contaba de un mundo desaparecido en la selva en homenaje a un escritor que había sido envenenado por denunciar la explotación de aquellos hombres, olvidados en una vorágine de violencia y expolio, y de haber abierto heridas a la selva. El ensayo, a pocos les había gustado. Dijeron que era aburrido y grandilocuente. Una joven asistente señaló que no entendía la palabra dúctil. Le disgustaba- dijo- que un escritor la obligara a ir al diccionario. Pensó lo que son los huecos en el lenguaje, tratándose de los jóvenes, por supuesto.

Abrió la ventana. Veía largas filas frente a los carrotanques, recibiendo el preciado líquido.

“Qué coincidencia”, pensó.

La realidad le mostraba simetrías. Ahora no sabía si vaciar la cisterna o sacar agua para lavarse los dientes. Pensando ese instantáneo dilema. Encendió el computador. Escribió: “Una gota de agua condensa el universo de una vorágine posible de sensaciones y formas.”