9/4/10

Una noche en la ciudad

Edward Hopper. Office the night.


Por Marcelo Del Castillo


Postal 1

Ella acabó de cerrar el pesado archivo metálico, guardando la enorme facturación acumulada desde años anteriores en voluminosas carpetas, pensando en el Jefe, que sentado revisaba correspondencia, abrumado de preocupaciones porque las ventas no progresaban, no se incrementaban, mientras las cuentas por pagar se acumulaban a un ritmo vertiginoso.

Él hizo una mirada de desolación muy amarga, y suspiró, aumentando así la opresión de ese encierro sin poder hallar un motivo, o un pretexto para decirle con sinceridad que las cosas se estaban agudizando para él, que no sabía dónde sacar plata, fondos para pagarle el próximo sueldo del mes y decirle que definitivamente la crisis lo había tocado, lo tenía abrazado cautivamente, que era mejor resolver las cosas de una buena vez, no dilatarlas con el tiempo difícil que se vivía y cerrar la oficina y mandar todo a la misma mierda.

Postal 2

"Ese vestido entubado le ciñe ese espléndido culo" pensó al verla que se dirigió hacia el archivo, después de entregarle la carta que tanto le había recomendado.

Abrió uno de los anaqueles pesados con tantas carpetas de la correspondencia, las facturas y las órdenes de pedidos que ya no se realizaban. Dio un vistazo a la ventana abierta, oyendo el rumor de la noche en la ciudad, los bocinazos de los autos afuera en la avenida concurrida, los gritos de niños que avanzaban de la mano de sus madres, hombres sin empleo que pasaban lamentándose. Mujeres que riendo a carcajadas, seguramente se contaban sus amores. "Cómo deseo salir a divertirme esta noche",pensó, pues vivía sola. Su rutina era de la casa a la oficina y otra vez a la casa. No tenía vida social como se dice. Cuando consiguió ese trabajo de secretaria, él la eligió entre tres porque sabía tomar notas rápidas en taquigrafía. Además, sabía escribir a máquina sin mirar el teclado. Era otro tiempo. La oficina estaba en otro edificio, al lado, había más trajín por la abundancia de pedidos y la prosperidad que no duró mucho: por eso él le dijo que iba a deshacerse poco a poco de tanto personal, y que se reducían a un simple cubículo que ya lo tenía visto al lado. No necesitaba más .Así fue. Porque ahora llegaba la crisis.

Ella desde esa remota tarde cuando la contrató lo vio, se maravilló de ese porte suyo: rubio, con esa carrera al lado. Joven y apuesto. Un ejecutivo deseado que hacía suspirar a tantas mujeres.

Él observó nervioso el sobre del banco. Pensó que si no le extendían el crédito tendría que cerrar la oficina. "Qué hago con ella", se preguntaba expectante, mientras sentía que ella estaba al lado del archivo revisando carpetas inútiles, más por saber de qué se trataba. Ella se apuró a preguntarle:

"¿Es del banco?"

"Sí, del banco"

"¿Y?"

"Vamos a ver qué dicen"

Ella se acercó, sintiendo el penetrante perfume de la colonia. No sabía que marca era esa rara colonia que el usaba. Miró de reojo la piel blanca, apenas cuarteada por mínimas heriditas de la cuchilla de afeitar. Bien rasurado. Él terminó de abrir el sobre, y leyó mentalmente. Abrió más sus grandes ojos verdes. Hizo un gesto de alivio diciendo:

"Extienden el plazo del crédito, pero castigan subiendo el interés sobre la mora".

Le extendió la carta membreteada del banco. Ella sonrío. Pensó abrazarlo y besarlo. Tan lejos y tan cerca, se dijo.

Con la hoja en la mano por hábito se devolvió para archivarla.

Él extrajo un puro. Con paciencia lo mordisqueó y lo encendió dando grandes bocanadas. El aroma del humo empezó a invadir el ambiente de la estrecha oficina.

Ella se decepcionó. Ahora buscaba en la carterita el dinero del pasaje para ir a su casa, donde nadie la esperaba.

"¿Dónde reside Gertrude?", preguntó él.

"Casi en las afueras. Tengo que apurar porque en diez minutos pasa el último bus que me lleva"

"No se preocupe yo la llevó"

Ella volvió a guardar el dinero en la carterita y suspiró esperanzada.

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