3/8/09

La dosis personal


Por Marcelo Del Castillo

“Cuando se dio cuenta de que la naturaleza de un hombre cualquiera saciaría su deseo, sintió compasión. Extraña compasión, que se dirigía a quien fuera que fuese el escogido. Ya que competía al hombre sucumbir ante las propuestas, sin derecho a rechazarlas."
Recordó a Javier Ramos cuando le trajo la última vez la dosis regular, que sin titubeos y con descaro le dijo si ella quería, siempre tenía la forma de pagarle sin dinero.
En especie, mi reina, dijo, midiéndola con los ojos de pies a cabeza. El loco deseo que sentía, con las ganas que le tenía. Mientras ella le recibió las papeletas con los gramos, pagándoselos.
Al principio le pareció vulgar, ofensivo y propio de un hombre abusador de mujeres, de esos que se creen irresistibles, un cualquiera; además de todo: un traficante. Eso le convenía a ella y era el escogido. Sabía que él sucumbiría a sus encantos.
Sopesaba las consecuencias de acostarse con él, porque esta vez no tenía con qué pagarle si lo llamaba para que viniera a traerle.
Había agotado la dosis personal que, cada ocasión, aumentaba por esa prisa de autodestrucción de su vida.
Pensó que si decidía llamarlo, esa acción era un no retorno, el inicio de una profesión, la más antigua de la humanidad, según recordó dijo la monja del colegio. Un definitivo no regreso a la normalidad, a la vida común y corriente.
Se sucumbe fácilmente ante los deseos por la debilidad natural, del pecado original, de la carne y la compulsión de los vicios y de no saberlos enfrentar. Ese es el demonio, niñas, que siempre está tentándonos. Templanza, niñas, siempre templanza predicaba la monja, en las clases de moral y comportamiento.
En esta necesidad, no voy a ponerme con escrúpulos morales ni rodeos, se dijo.
El demonio son los hombres por nosotras las mujeres que si somos el diablo verdadero, pensó.
Esperó en el teléfono, que repicaba y repicaba. Sentía ya los síntomas del síndrome de la abstinencia, que se fatigaba por la espera que más la impacientaba.
Pensó que era ella quien sucumbía ante sus compulsivos deseos de la adicción. Soy una cobarde, se dijo.
Mientras sonaban los cuatro repiques, oía que entró una voz impersonal, que le indicaba iba a buzón y deje su mensaje después del tono. Con decisión y rabia colgó, tirando el auricular.
Después encendió un cigarrillo. Lo aspiró sintiendo cómo el humo le invadía los pulmones y le calmaba la compulsión. Un paliativo, pensó.
Se distrajo haciendo volutas, anillos de humo que salían de su garganta uno detrás de otro, que aprendió de la misma compañera, precisamente la que en los recreos la inició en el primer vicio, el cigarrillo. Siempre que hacía aquella acción, les gustaba a los hombres, los descrestaba. ¡Oh! los hombres. Siempre los hombres.
Del humo del cigarrillo pasó a la adicción furibunda de la marihuana, que la misma amiga envenenadora le dio a fumar en una espesa rumba cuando estudiaba en la universidad y le gustó. Iba a las clases usando sus gafas Ray-Ban, para ocultar los ojos rojos de la traba maluca.
Después las consabidas peleas con su madre. Que la acusaba de ser una brindada y promiscua con los hombres. ¡Oh! Los hombres. Siempre los hombres.
Mi santamadrecita, que Dios la tenga en la gloria, cómo sufrió conmigo la pobre.
Después tontamente casarse con Camilo Andrés, y qué. Para que se la comiera de las mil formas cuando se agotó él por su amor, que no pudo saciarla. Se murió.
Así que soy una viuda joven e infeliz, pensó.
Desde entonces no se detuvo con los hombres, con los metros de hombres, con los kilómetros de hombres, pensaba encontraría en esa carretera rápida de su vida sin vueltas de regreso.
Ahora volvía a pensar en Javier para llamarlo a ver si viene con su dosis personal y le arranca este dolor en el alma, y de paso me lo como a él, y me inicio de puta y de adicta para colmo.¡Oh! los hombres cómo sucumben ante los deseos de las mujeres, pensó definitivamente.
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