15/11/09

Después nunca volvió a ver la aurora ondeante en el cielo del sur del hemisferio


El relato se produjo en el taller Entre la Piel y el Papel, de la imposibilidad de olvidar a la oportunidad de crear.

Por Marcelo Del Castillo

Lo removieron bruscamente en la estera y se despertó sobresaltado, sin entender. Estaba todavía atarantado por el sueño mientras oía que le decían que la abuela había muerto y no entendía, pues, apenas unas horas antes, ya tarde cerca de la medianoche, les había impartido bendiciones a sus nietos.

Le decían, sollozando, que tenía que ir donde Mesías, el hermano mayor, y avisarle.

Trató de ver a la abuela muerta y no lo dejaron. Pero después, al descuido, pudo verla cuando las mujeres de la casa, tía y primas la cargaban envuelta en una sábana blanca, que no alcanzó a cubrirle las piernas, sacándola de la cama, llevándola hacía la sala. Al descubrirlo lo afanaban:

“¡Vaya y avísele a Mesías rápido!”

Era la madrugada.

Se puso una vieja ruana café que heredó de alguien y salió al frío del amanecer. Trató de ver en la oscuridad azul del firmamento la aurora que la abuela le enseñó a ver, a distinguirla en las madrugadas cuando la acompañaba a comprar el pan de maíz.

La madrugada que vieron aparecer a la aurora; fue magnífico ver las gigantescas estelas luminosas en el sur del hemisferio, parecidas a las nubes que se movían como inmensas sábanas blancas ondeadas por un viento eterno, mientras la abuela Lola decía:

“Esa es la aurora, es tan bonita.”

Y se detenía por momentos maravillada para apreciar la belleza del fenómeno cósmico y quedarse pensativa.

No, esta vez no apareció en el cielo del sur del hemisferio la aurora y dudaba si la abuela Lola había muerto. Relacionó en su inocencia de niño la ausencia de la aurora con la presencia de la muerte.

Caminó largas cuadras. Empezó a ascender una empinada cuesta. Recordó que meses atrás, en el mismo recodo del camino bajo la oscuridad de otra madrugada, se tropezó ahí con algo que rodó como una lata tintineando; al agacharse y palpar el suelo era un reguero de monedas de un tarro de galletas volteado.

“¡Mamita, es un montón de monedas!”, gritó el niño.

Palpando el suelo bajo la penumbra, se pusieron a recoger monedas y monedas mientras en el fondo del cielo, la aurora ondeaba majestuosa en el sur del hemisferio.

No fue fantasía el tarro de monedas. La abuela le entregó el pesado tarro de monedas a la mamá del niño y ella días después le compró ropa y zapatos, los mismos que llevaba puestos ahora mientras caminaba.

Sudoroso llegó al taller de Mesías, el hermano mayor, quien al abrirle y verlo a esa hora, se sorprendió. Pensó que llevaba un recado urgente. El niño entró. Se puso a ver los crisoles, levantó un soplete y el hermano se lo quitó de las manos y volvió a engarzarlo en un clavo de la mesa de trabajo.

El niño dijo:

“Que vaya porque la abuela se murió.”

Mesías al oír la noticia, se quedó profundamente consternado. Terminó de acomodar con lentitud el soplete por el lado derecho, dijo:

“Así que murió Doña Dolores Peralta.”

Después empezó a cambiarse de ropa.

Cuando salieron a la calle, ya clareaba. El niño vio un color gris en las nubes. Se agachó a recoger una tapa de gaseosa. Mesías, le recriminó que no hiciera eso, que no recojiera cosas del suelo de la calle, que estaban sucias, llenas de polvo, de tierra, que pueden traerle enfermedades. El niño dijo:

“¿Y uno se puede morir?”

“No sé si pueda morirse pero sí enfermarse.”

“Enfermarse como la abuela y morir.”

“No sé, de pronto.”

De todas maneras, el niño guardó en un bolsillo la tapa de gaseosa con la que hacía un zumbambico, que consistía en aplanar la tapa de la gaseosa; la tapa redonda y ya aplanada se llamaba zumbambico. Se juntaban los zumbambicos, se abría un hoyo en la tierra del tamaño del zumbambico y se dedicaban a acertar en el hueco. Quien lograba acertar más zumbambicos en el hueco los ganaba todos. Pero hoy no podría jugar zumbambicos. De eso estaba seguro.

En la calle vieron un camión que precisamente iba al sur, a El Charco. El camionero

corpulento, con espesas patillas, reconoció a Mesías y les gritó que subieran, que los llevaba. Subieron.

El niño se acomodó en medio de Mesías y el camionero que exhibía una brillante esclava en su muñeca mientras conducía. Mesías la vio, dijo:

“Bonita esclava.”

“La compré en el puerto de Barbacoas, en un viaje. Es pura filigrana barbacoana.”

El niño al oír la conversación de los mayores, preguntó:

“¿Qué es filigrana?”

Mesías y el camionero se miraron silenciosos. Se les veía la sorpresa de la pregunta del niño. El camionero, se sacó la esclava y la mostró para que la cogiera. El niño vio curioso la esclava con una serie de entramados amarillos y brillantes como trenzas precisas, mientras el camionero le dijo:

“Ve esas trenzas finas y bonitas, a eso se le dice en joyería, filigrana.”

Mesías dijo:

“Eso mismo, exactamente. Es muy acabado el trabajo de los joyeros barbacoanos. Yo… algún día, algún día.”

El camionero oyó las palabras de Mesías y sonrió. Dijo:

“Y, ¿van donde la tía?”

“Sí, es que murió la abuela Lola.”

“La última vez la vi muy viejita. Los acompaño en su dolor.”

“Gracias. Fue de repente, esta madrugada.”

“La muerte que a todos nos llega.”

“Exactamente, mi amigo.”

El camión se detuvo al frente de la casa, donde ya había un tumulto de vecinas. Algunas vestidas de negro, que expresaban el sentido pésame a la tía y a las primas quienes todavía no estaban vestidas de negro. La tía al ver a Mesías y al niño bajándose, los recibió. Después se apartaron del grupo y se alejaron. El niño se dirigió a la cocina.

El niño vio en la cocina a una mujer que de vez en cuando iba a hacer oficios en la casa, tenía puesto el delantal de la tía mientras pelaba papas. En la hornilla había grandes ollas humeantes. La mujer al ver al niño, dejó la papa que pelaba; le dio al niño un pocillo de café negro con un pan de maíz. El niño empezó a tomarse el café negro y masticó el pan; empezó a llorar, mientras masticaba. La mujer se acercó al niño y lo abrazó, acariciándolo. Por el llanto del niño ella también empezó a sollozar. El niño lloraba y masticaba, mientras la mujer le decía:

“Sea guapo mi niño, sea bien guapo.”

El niño dejó de llorar y siguió masticando el pan de maíz, bebiendo el café negro. Vio las grandes ollas humeantes en los fogones, dijo:

“¿Para qué son esas ollotas?”

La mujer se secó las lágrimas con una punta del faldón del delantal. Retomó la acción de pelar las papas, dijo:

“Es que van a venir muchos parientes.”

“¿Por la abuela que se murió?”

“Sí, por la abuelita que ya no está.”

La mujer volvió a secarse las lágrimas con el dorso de la mano.

La casa se llenó de extraños, de familiares, de primos lejanos cuya alegría por el encuentro, le hizo olvidar con los juegos la tristeza causada por la muerte de la abuela.

Mesías descargó el ataúd acompañado de Isidro, el Tuerto, un tío que perdió el ojo derecho por la imprudencia de un compañero cuando trabajó al otro lado de la frontera siendo aún muchacho; trabajaba entonces en una cuadrilla de trabajadores donde eran amarrados uno cerca de otro y así echaban pica. Por muchos años se puso un ojo de vidrio que asustaba a los niños, sacándoselo y exhibiendo la cuenca que se anegaba rápidamente de lágrimas. Ahora ya no se extraía el ojo de vidrio para asustar a los niños, usaba un parche de colores.

Esta vez se había puesto un parche negro, con sombrero negro y un vestido negro que le daba un aire siniestro de gran personaje. El niño dudó que fuera el tío, al verlo así vestido, tan elegante y adusto. Pero comprobó que era el mismo patán que lo hacía llorar, asustándolo, al mostrarle la vacía cuenca roja de su ojo perdido, mientras en la mano le ponía el ojo de vidrio.

En el atardecer pudo ver el féretro, ya cerrado, donde imaginaba yacía la abuela muerta. Alrededor, unas mujeres extrañas, vestidas de negro que rezaban a los gritos, que los convertían en alaridos. Cuando las vio lo impresionaron. Alguien le dijo que eran las plañideras y nunca pudo olvidar ese nombre.

El barrio entero pasó frente al ataúd de la abuela muerta y se quedaban por momentos transidos por la pérdida, tocando la madera caoba del cajón brillante, mientras murmuraban oraciones en sus labios.

La casa no cabía de gente propia y ajena. Se oía un murmullo incesante de voces, mientras otros bebían el café negro que las primas, ya vestidas de negro luctuoso, les iban repartiendo.

Durante tres días con sus noches fue el velorio. Mientras tantas mujeres extrañas y ajenas, que veía por primera vez, rezaban el rosario, el niño se acostaba cansado de tantos revoloteos y juegos espontáneos con los primos en la misma estera que tendía por ahí en algún rincón de la casa llena de gente.

Y llegó el día del entierro. Una multitud de parientes como curiosos y espontáneos desfiló desde la casa hasta la catedral, donde se realizaron las honras fúnebres.

Cuando llegaron al cementerio, el sepulturero los esperaba. Al empujar el féretro al interior de la cripta, Isidro, El Tuerto se lanzó sobre el ataúd, llorando con frenetismo. La tía, Mesías y los hombres trataron de levantarlo, mientras gritaba:

“¡Yo me quiero morir contigo Mamita!”

Después que se fueron, el sepulturero al ver que por fin entró el ataúd en la cripta, empezó a hacer su trabajo.

Al regresar a la casa, vio el reguero de flores marchitas caídas de las coronas desde la entrada hasta la sala de la velación, donde en el centro cuatro cirios aún ardían en sus flamas. La mujer que hacía los oficios estaba, descansando sentada en un rincón.

En toda la casa se sentía un silencio sepulcral. Nadie hablaba con nadie. Y si lo hacían hablaban en murmullos. Una de las primas, encendió una vela que sostuvo en las manos. Después se sentó pensativa, sosteniendo la vela. De pronto se levantó y salió.

Ya entrada la noche, las mujeres de la casa, se reunieron otra vez, al frente de un retrato de Doña Dolores Peralta, y empezaron a rezar el rosario, mientras cada una sostenía una vela.

Esa noche la tía le dijo que por fin iba a dormir en una cama.

Cuando el niño vio la cama de la abuela donde había muerto, sintió miedo al acostarse. Vio que al fondo, en los pies estaba puesta la vela que una de las primas había encendido antes.

No pudo dormir tranquilo, pensando que el espíritu de la abuela muerta iba a despertarlo.

Después nunca volvió a ver la aurora ondeante en cielo del sur del hemisferio.

De el libro Entre la Piel y el Papel, compiladores: Luisa Fernanda Gómez Lozano y Jhonny Albert Vélez Hernández. Fundación Lee Colombia, 2009.

www.fundaciónleecolombia.com


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