18/2/08

Después de las tareas


Cuento
Después de hacer las tareas el domingo, me despedí de los compañeros. El bus iba atestado. Atravesé estrujando como un enjambre de cuerpos y me ubiqué atrás. Una muchacha bonita, que iba sentada, miró mi mochila con los libros y cuadernos.

“Se la llevo.”

"Gracias.”

“¿Los puedo ver?”

“Sí.”

El bus se llenaba más con pasajeros que subían. Me asomaba entre los claros de las cabezas de la gente viendo por dónde pasaba. La muchacha rió con la boca cerrada. De pronto la abrió y sus dientes surgieron como un chorro de luz en su cara morena mientras bajaba sus ojos negros a las páginas del álgebra de Baldor.

“Te gustan las matemáticas.”

“¿Si?”

Volví a ver hacia fuera. Reconocí la cuadra: estábamos llegando. Ya pasábamos frente a la casa.
“¿Qué te gusta más de los estudios?”
“Español y literatura. Me das mi mochila.”
“¿No me acompañas?”
“Sí, sólo hasta más arriba.”
La vi con detenimiento. Admiré la luminosidad de sus ojos negros y el sensual color canela de su piel. Sentí una primera erección. Lo merecía, aunque no sé si se daba cuenta. Apenas nos bajamos volvimos a subirnos a otro bus que iba al 20 de Julio.
“Se adueñó de mis libros”, pensé.
“¿Crees en el amor a primera vista?”
“Sí”, le mentí.
“Esto ya lo había soñado”, dijo con acento triste.
El viaje se hizo rápido porque el bus iba casi vacío y el chofer volaba
entre las calles del barrio. Frente a un parque nos bajamos. Unos niños jugaban a la pelota con sus madres. Un carrito de helados emitía desde un altavoz ese sonsonete cansón de música que anuncia la llegada del paletero.

“Espérame aquí.”

“¿Y mis libros?”

“Nada les va a pasar.”

Y se fue.La tarde tenía un sol chirriante. Sólo me quedaban en el bolsillo diecisiete pesos contados. Si pedía helados, podía invitarla, pensé, pero si le provocaba otra cosa no me alcanzaría. Obligado, esperé.Apareció sin fijarme de dónde. Se había cambiado de ropa. Llevaba ahora puestos unos bluyines que le moldeaban un culo espectacular y una blusa negra, donde asomaban turgentes sus senos. Al verle el pecho sentí hambre y seguía con la erección. “Sexo con hambre no rima”, pensé.Al llegar me abrazó y me besó. Sentí rubor por la erección que se me hizo evidente. ¿Y mis libros?
“Aquí están. Te los llevo.” Le asentí

.“¿Dónde vamos? La tarde es joven.”

Caminamos. Ella se recostó sobre mí hombro. La rodeé con mi brazo pensando que era una forma de corresponderle el amor.“Vamos a Monserrate, que no conozco.”Subimos a una buseta hacia Germania, que también iba atestada. Ella, al sentir a los hombres que pasaban detrás restregándole su pene sobre sus glúteos espléndidos, se empinaba con evidente incomodidad. Yo con la mirada quería buscarles pelea. Pero ella se daba cuenta de mi actitud y me apretaba el brazo en señal de que no les hiciera caso. Después preferimos bajarnos en la Décima con décima.

“Quiero conocer la plaza de Bolívar.”

“Viviendo tan cerca, ¿cómo no la conoces?”

“Estoy recién llegada. Vengo de Ibagué, pero soy caleña.”

Comprendí.

“No nos hemos presentado.”

“Mucho gusto, soy Juanita Siloé.”

“Encantado, soy Alejandro Magno. Alejo para mis amigas.”

Nos abrazamos. Con las risas y las volteretas espantamos en un vuelo generalizado las palomas de la plaza.Cuando llegamos a la estación del teleférico saltaba de la emoción como una niña. Al subir, la cabina se bamboleó y se atemorizó.

“Estoy mareada."

“No vomitarás aquí.”
“¡No, pero abrázame!”

Descendimos cuando la cabina dejó de bambolearse. Subimos por el sendero. Caminábamos entre la romería de gente que se admiraba viendo el bosque que se asomaba desde los acantilados de la montaña. Entramos al santuario. Arrodillada oró en silencio con devoción.

“Le agradecí a Dios por nosotros, me hizo el milagro."

Creyéndole, volví a abrazarla y nos besamos. Después fuimos al mirador. Vimos abajo la inmensa ciudad a nuestros pies minúscula. Sentimos frío y preferimos bajar, pero en funicular. Fue menos emocionante. Cuando llegamos al parque Santander vimos la valla anunciante del cine Lido. Decidimos entrar a ver un doble. Nos acordábamos de las imágenes que nos iluminaban, tratando de enterarnos de las tramas de las películas, entre risitas mías y susurros de ella y no nos despegábamos de nuestras bocas ni las manos de nuestros sexos. Estábamos más concentrados en el manivaginipiernipeniculiboquiteteo.Cuando salimos ya era de noche. Preguntamos a alguien la hora y respondió que eran las diez y media.

“Te acompaño a una buseta para tu casa.”

“A esta hora ya no puedo llegar donde mi tía.”

“Vamos entonces a un hotel.”

Peregrinamos buscando abrazados un cuarto barato de hotel. Y todos nos cobraban veinte pesos. Entre el dinero que me quedaba y el que ella aportó sumaban otra vez diecisiete pesos, que me recordó mi edad, y sin poder comer nada. El amor nos quitaba el hambre.

El portero de un hotelito de la carrera quince con calle diecisiete; otra vez la cifra me recordaba mi edad. Después de rogarle nos dejó pasar por los diecisiete pesos a un cuarto limpio con baño privado. Entramos y el piso de maderas crujientes olía a varsol. En la mesita de noche había un radio viejo sin perillas. Siloé pasó directo al baño. Me senté en la cama y me acordé entonces de mi mochila con los libros. Siloé salió del baño, envuelta en una toalla grande. Al verme en la postura de El pensador, me preguntó:
“¿Qué tienes?”
“¿Y los libros?”
“Se me quedaron en la banca de la iglesia. Mañana volvemos allá.”
Me alteré levemente. La toalla se le deslizó sobre su cuerpo y quedó desnuda. Mi erección volvió más rápido. Le besé los senos duros y grandes. Le mordí los pezones morados y protestó. Después se extendió sobre la cama alzando los brazos y le ví los pelos de las axilas. Sobacos, pensé. Puso las piernas formando una equis con el centro peludo formidable y me hizo acordarme de las piernas en equis, obscenas, que
dibujaban en las paredes y puertas de los baños del colegio.
“Ponte un condón.”
“No tengo.”
“¿Cómo lo vas a meter así?”
“Coitus interruptus.”
“¿Qué es eso?”
“Que seso o ¡qué sexo!”

“¿Y si quedo embarazada?"
“Esperas nueve meses la llegada de un bebé.”

“¡Y es para toda la vida!”

“Todos venimos así.”

“¡Desnudos!”
“Sí y de un polvo.”

"En una acostada."

“En una penetrada.”

"Una soberbia ensartada y venida interior."

"Te gusta ser obsceno."

“Me fascina porque despierta mis instintos.”

"A mi me gusta ser romántica."

“Pero no sonó romántico cuando me dijiste:¿Cómo lo vas a meter así?"

"¿Eso dije?"
“Sí.”

"Ya no me acuerdo. ¿Qué te atrajo de mi?"

“La luminosidad de tus ojos negros y el color canela de tu piel sensual. Me la hiciste parar!”

"Eso estuvo de poeta. ¿De verdad?"

“!Pediste sinceridad!”

"¿Nos vamos a quedar así?"

“Eternamente.”

"Entonces apaga la luz y durmámonos."

“Cuéntame de tí.”

"¡No me gusta contar mi vida, desvístete!"
“Me gusta dormir vestido.”

"¡Quiero conocerte desnudo!"

“Pero ahora desnuda mejor tu alma conmigo.”

"¡Quiero ser tu musa!"

“¡Ya lo eres!”

"¿Me harás conocer tus poemas?"

“¡Son solo versos sueltos!”

“Un día de estos.”

”Me siento ansioso, muy ansioso…”

“¿Por qué?”

“Porque seguro se perdió la mochila con mis libros.”

“¿Y qué puedo hacer para remediar esa perdida?”

Se arrodilló viendo mi pantalón. La palpó y la sintió presionada adentro de la tela. Abrió la bragueta y con sus manos suaves la sacó. Estaba roja, rugosa de venas tensas y se elevaba enhiesta como una bandera. Me miró con intensidad. Empezó a metérsela en su boca ávidamente. Yo la dejé hacer: que siguiera y siguiera chupando, como el helado que nunca pidió en el parque. Mientras, no sé por qué, se poblaba mi mente con imágenes de un mosaico de pescados que había visto expuestos en una nevera, en la placita de la calle diecinueve, cuando fui a las casetas a comprar los libros, mientras ella no dejaba de verme ávida y lasciva. Después que fluí en su boca tibia sentí un gran alivio. Me dije, hoy es domingo, día de descansar de las tareas.Después del amor nos sobrevino un sueño que nos venció. Al amanecer el sol del lunes nos despertó abrazados, amándonos para siempre.