13/11/07

UN TIEMPO FELIZ EN LOS CINES DESAPARECIDOS

Crónica

Cuando uno tiene quince años, está con muchas preguntas. En mi listado lo esencial era hallar la felicidad. Y creía seriamente- lo confieso- que ella llegaba como le sale a uno la barba o adquiere la mayoría de edad. Pero, no me daba cuenta, entonces que algo parecido a la felicidad estaba ya adherida al entretenimiento más hermoso del siglo y paradójicamente más solitario: el cine. Esa felicidad estaba pegada a los carteles delas películas y en las fotos de las estrellas en las marquesinas de las salas de los teatros hoy desaparecidos cuando observaba y esperaba en la fila para entrar.Y claro, la cinta escogida no podía ser otra que de charros mexicanos. Quien diga que su gusto personal porel cine no tuvo raíces en el cine mexicano y en "los tarros" de los barrios, que tire la primera piedra. En élaprendimos las primeras lecciones de estética visual. Los más interesados, nos ocupamos, de un modoautodidacta, que quien hacía la película era un señor que casi nunca se veía en la pantalla y al que se le decíadirector. Mi gusto y la moda de la época, estaban en los gestos y tics de los pistoleros en los westerns. Por verlas, recorrí los teatros de barrio de Bogotá y conocí, de paso, con algo de susto, esta urbe que crecía con desmesura, y que parece no acabar de crecer como cualquier adolescente. Entonces, en aquellos años, yo era mandadero en la residencia de la señora Rosalba Castro de Herrera que alquilaba cuartos a gentes de provincia y estudiantes, pero esto es otra historia.Por tanto: la felicidad estaba ahí frente a mis narices con mi asistencia semanal. Años después, sería casi diaria a los cines continuos de los desaparecidos Apolo, Ponce, Caldas y Copelia. Conocía al dedillo los cambios en la programación de todos los cinemas bogotanos. Por ejemplo: El Embajador era un cine deestreno ( hoy lo es aún y de los únicos sobrevivientes), como igual lo eran las salas: Opera-La Castellana, o Scala-Tisquesusa, o Metro Riviera-Teusaquillo-Metro, o Cid- Aladino-Trevi- Arlequín, o Colombia-Almirante-Sabana; Y Olympia-Libertador-Chicó. Después, de cubrir estos circuitos, en función de cobijar el norte, Chapinero y centro, la película programada pasaba al consabido reestreno y en simultánea a salas máspopulares como San Jorge-Presidente; Eldorado-Maria Luisa- Sexta Avenida, o Faenza-Imperio y de allí continuaba su circulación hacia las salas de los barrios como San Carlos – Mogador-Miramar y se le añadía otra película de menor notoriedad y generalmente de regular calidad, motivando así al espectador a ir averla. Esta modalidad era el cine continuo en dobles. Y, si los chinos queríamos ir al cine de estreno, teníamos que pasar por los permisos, y a la categoría de lapelícula. Cuántas veces tendría que sobornar al portero de marras para que me dejara entrar a una película para mayores. Existían cuatro categorías para la clasificación: la A; para todos. La B, donde podíamos ir los que ya mostrabamos bozo y ansíabamos la barba, y teníamos nuestros primeros escarceos eróticos con las muchachas. La C, para la creciente franja de los jóvenes. Y la más legendaria: la D, para mayores de 21 años, que era entonces el tope de la mayoría de edad, tan esperada por mí para ver sólo cine de mayores, pues, la primera vez que logré acudir a una de estas películas, quede prendado de ellas, y no fue tanto porque hubiese escenas de cama, con los consabidos jadeos y ejercicios en posición horizontal, sino porque las encontraba mejores de calidad y contenido, y por supuesto más interesantes. A mis hermanos les toco en suerte las famosas de codificación D. Tantos anhelos de crecer y tener esos años, sólo por el gusto de ir a cine demayores. Había familias enteras que llegaban, generalmente los domingos, con toda la patota a ver la película, obviamente de tema familiar o de aventuras, donde no hubiese escenas de alcoba (llamadas así con eufemismo, por no decir eróticas, o de desnudos). Entonces la televisión no era tan generalizada y estaba en blanco y negro y nadie especulaba con el concepto de aldea global.

La vida de estos años estaba cargada de mucho idealismo y fluía lenta en su tiempo. Empezaba a generarse la rebeldía juvenil, que después el propio cine se convertiría en el vehículo más poderoso de su expresión como lo fueron las películas: Busco mi destino de Dennis Hopper, y el fenómeno musical de Woostock.Bogotá tenia entonces 89 salas desperdigadas por sus barrios en el año de 1969 y su mayor concentración se daba en el Centro. Cualquiera que pasea por la Carrera Séptima, que es la calle nacional por excelencia, y casi el tronco de la nacionalidad colombiana, sabe como colombiano y bogotano, debe darse un paseo ritual al que llamamos el Septimazo.

Empieza por el principio-dijo el rey- Luego, sigues; y hacia el final, detente. En la calle cuarta quedaba el Santa Bárbara:hoy es un parqueadero. Se llegaba a la Avenida Jiménez con esquina de la carrera cuarta y se hallaba el Odeón: tuvo la suerte de convertirse en la sede del Teatro Popular de Bogotá, y por esos malos hados que tiene a veces el arte y la cultura, entregó sus terrenos a sus acreedores para pagar sus cuantiosas deudas. Sobreuna de sus paredes lució durante muchos meses un grafito que decía: "Amor mira un sueño menos". Se acercaba uno al parque Santander y en el costado norte de la calle 16 estaba el Lido: fue de reestreno y, durante una época, se dedicó a proyectar las películas de Drácula que hizo célebre al actor Cristhopher Lee, que muchas y largas noches motivaron mis primeras pesadillas. Después fue cine rotativo: se exhibía una sola película continuamente. Cuando cerró definitivamente sus puertas en 1993, se rehabilitó, de locación dela película colombiana La gente de la Universal. Hoy funciona una oficina de una entidad de ahorro. Se avanzaba, hasta la calle 17, arriba de la Séptima quedaba el Apolo, caracterizado cine continuo de dobles de películas mexicanas. Su sala vivió la misma suerte de su homologo el Ponce, situado sobre la calle décima entre carreras doce y trece: dividieron sus enormes espacios para dar cabida a innúmeros localitos comerciales. Eldorado es una palabra fabulosa que se inventaron los conquistadores españoles, ávidos por el oro y su quimérica riqueza. El teatro que lleva este pesado nombre sobrevivió muchos años, también de exhibir dobles mexicanos, y de películas taquilleras. Alguna vez se suscitó un incendio como en otro suceso apareció un hombre muerto por desconocidas causas. Después se convirtió en sala X cambiándole el nombre por uno mas connotado al tipo de cine que empezaba a exhibir: Sexplex Cine Oro.Cerró sus puertas en este año emblemático del 2000. Pero lo han reabierto por la vil necesidad de la sobrevivencia. Siguiendo hacia el norte sobre la misma Séptima, entre las calles 18 y 19, quedaba el Libia, otro cine de reestreno. Después de su cierre definitivo albergó una taberna, un grande almacén de ropa. Hoy funciona un casino como igualmente se convirtió el Metro Centro de cuyas últimas películas que exhibió fue la de un realizador colombiano especializado en el género del suspenso. La misma suerte corrió el Tisquesusa, también convertido en casino, los cuales, a los anónimos jugadores les despierta un suspenso enorme, sinsaber muchos que ahí antes fue una sala de cine, brotando una ironía vital: el suspenso propio de la trama cinematográfica se trasladó a las vivencias que sufren los jugadores anónimos en la vida real, esperando ansiosos la azarosa suerte.En la calle 19 en el edificio Sabana funcionó el cine del mismo nombre. Sus instalaciones sirvieron despuéspara albergar el primer estudio privado de la televisión colombiana: los estudios Gravi, dándole un toque farandulero a su entorno porque descubrir a las estrellas de la pantalla chica como cualquier hijo de vecino: sorprendía a él público transeúnte y creaba tumultos. Frente al parque Las Nieves quedaba el Lux: aun se puede ver su aviso enorme que anunciaba los títulos de las películas, también de reestreno y el más popular de la ciudad. Por su espectacular pantalla se exhibió toda la gama de géneros que encierra el cine mundial. Después los roqueros locales se presentaron, con sus bandas estrafalarias en los tres últimos años de su larguisima existencia, con regular éxito. Con un toque de distinción del más depurado surrealismo postmoderno colombiano: muestra la más grande pantalla al entrar al enorme parqueadero cubierto que hoy es. En 1997, se usó en algunos exteriores de la película colombiana Soplo de vida.

El Mogador fue un cine de reestreno y de dobles continuos y hoy sobrevive presentando dobles de cine porno, al que asisten solitarios. Nadie admira sus mármoles italianos auténticos como de sus voladuras y sus capiteles. La soledad del espectador atravesado por las imágenes lubricas del viejo ejercicio del metesaca, no deja levantar la mirada para observar la magnificencia de la obra arquitectónica que aún guarda. Se puede crear una frase: el bosque de los pubis no deja ver los árboles de su arquitectura. Lo que van a ver los ávidos espectadores son otros árboles, otras voladuras, otros capiteles. Sobre la calle 22 se concentran aún tres salas de cine que en su tiempo fueron especiales: El México con su natural programación de cine mexicano. Acercarse a ver los afiches con los nuevos títulos que ofrecía en una vitrina esquinera del edificio era para enterarse con anticipación como iban entrando en decadencia, los ídolos de mi niñez como los de ya legendaria Nueva Ola: Clavillazo, Tintán, Viruta y Capulina, Resortes, Cantinflas, las gemelas españolas: Pili y Mili, César Costa, Alberto Vázquez, Enrique Guzmán, Silvia Pinal; la larga saga de las películas de El látigo Negro que a duras penas todavía lograban mantener su imagen de leyenda. Esta sala tuvo un mejor destino al adquirirla una universidad y convertir su amplio espacio en el auditorio central, que junto a su salita de ensayo, llamada otrora Cinema Azteca programa en el presente un cineclub diario.El Bogotá, construido en los setenta fue la sala de los censores que clasificaban las películas. Sobrevive de exhibir cine X. Al lado de él se yergue la majestad de una construcción de época: Art deco, donde se exhibieron todas las películas roqueras de la época de los sesenta y setenta. También ha exhibido todo el espectro del cine en sus géneros y, es en la actualidad, el único sobreviviente en la ciudad que se mantiene de programar las películas comerciales en dobles de cine continuo, por la módica suma de $2500. Existe una iniciativa privada de convertirlo en la sede natural de la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano. Durante El Festival Iberoamericano de Teatro, se adapta su espacio para el montaje de obras especiales y funciona.Una sala especial también lo era el teatro Ariel; fue de estreno, de reestreno, cine continuo. Por ultimo, sobrevivió durante largos años de funciones de estripticeras criollas. Cerró para siempre y su edificación esta derruida en un oscuro sector , habitado por las mujeres que tienen el oficio de esperar a sus clientes en la calle, en el barrio Alameda. Un mejor destino tuvo el teatro Colombia, sobre la Séptima entre calles 22 y 23, al comprarlo el Distrito Capital, cuando era distrito especial, en el año de 1972, rebautisándolo Jorge Eliecer Gaitán, en memoria del caudillo bogotano asesinado, que arengó con sus más encendidos discursos improvisados y partidistas en el desaparecido Teatro Municipal que fue incendiado en los disturbios trágicos del famoso Bogotazo en el año de 1948. Ha sido remodelado y posee una de las mejores acústicas y tiene una de las proyecciones más modernas y sofisticadas implementadas en el sistema dolby, y es sede anual de la apertura y clausura del Festival de Cine de Bogotá.

Los exhibidores le extraían todo el jugo taquillero a una cinta. El Metro Teusaquillo tuvo en exhibición exclusiva y durante cerca de un largo año la película: La Novicia Rebelde. Caso parecido fue con la cinta sueco-francesa titulada: La noche más caliente en el teatro Tequendama, que desde entonces ya se caracterizaba por exhibir solo películas de sexo explícito, entonces llamado cine rojo. Otra sala exclusiva lo era el Cine Coliseo, en pleno Centro Internacional, que sólo exhibía la producción francesa de la época, y quienes pudieron ver allí toda la filmografía de los nuevos realizadores franceses como Chabrol, Truffaut, Godard, que le dieron un sacudón mundial al cine con sus renovadoras propuestas enmarcadas en lo que se llamó La Nueva Ola. Hoy lastimosamente esta sala como otros teatros de este inventario de nostalgia con los cines desaparecidos, sobrevive de exhibir pornos italianos como también lo hacen: El Atenas, El Novedades, que al principio de la década de los setenta, exhibió una obra de teatro de solo desnudos, llamada Oh Calcuta, que causó el revuelo y la comidilla del momento porque intervino hasta la jerarquía eclesiástica de la Iglesia prohibiéndola ver y excomulgaría a los fieles, porque sus funciones coincidían con la Semana Santa de la época.Otra sala memorable para mí y de reestreno: el Cine Presidente que quedaba sobre la Carrera Décima entre calles novena y décima, y seguramente llamado así porque a tres contadas cuadras se halla la Casa de Nariño: residencia presidencial. En él ví una película inglesa donde oí hablar por primera vez en mi vida sobre la Colombia de la época: un país exótico con su aura tropical, y por supuesto en la trama de la historia, se trataba de recuperar un botín del cual hacían parte esmeraldas colombianas. Sentía un regocijo infantil al leer en los subtítulos la mágica palabra Colombia y de uno de sus recursos minerales, especie de insignia nacional: las esmeraldas. Hoy, el local del otrora cinema, es un gran esperpento de galpón gigantesco con la variedad más disímil de juegos de tejo, rana y billares para los contertulios del vecindario atiborrado de prenderías cerca de la célebre, triste y sórdida Calle del Cartucho, en el viejo sector de San Victorino.

Un cine que dejó de tener dolientes y que también era espectacular fue el Olympia. Conservaba su aire de grandiosa sala y a través de su vida pública de exhibiciones fue remodelado, refaccionado, reconstruido. Para cerrar definitivamente sus puertas y apagar sus proyectores en un día olvidado por todos. En el presente su local esta cerrado pero funcionó un almacén de productos para oficina, que quebró, y nadie se acuerda que ahí se vivieron los gritos más ensordecedores y divertidos del público al ver la película Tiburón que causo tanto revuelo en su estreno.De los cines que se convirtieron en sedes de iglesias cristianas: Ideal, Opera, Trevi, Metro Riviera. De los que se convirtieron en grandes bodegas: Sexta Avenida, Encanto, Ezio, Santander. Ayacucho. De los que les tocouna mejor suerte y los reconvirtieron para sedes de compañías de teatro: La Comedia, sede del Teatro Libre. El San Carlos, en el teatro La Carrera. Santa Fe, en la sede de otra compañía de teatro. La Castellana en una de las sedes del teatro Nacional como lo mismo el desaparecido Chile convertido en sala y oficinas del mismo teatro Nacional, organizador del Festival Iberoamericano de Teatro. El Arlequín, de un grupo de teatro. El Americano, en la sala de ensayos de la orquesta sinfónica juvenil. Capitol, en un auditorio de una universidad. El Miramar, en la sede comunal para los eventos de los padres teresianos en el barrio Santa Teresita. Palermo, un club de billares. Copelia, acondicionado en un supermercado. Lucia, en un enorme almacén de calzado.De los que definitivamente desaparecieron: Almirante, Cádiz, Cinema El Lago, Bacatá, Scala, Aladino, California, Alameda, Cinema Roma. Caracas, Real, la Pradera, Calypso, Iris, Santa Bárbara, Santa Lucia, Quiroga, Rivoli, Rialto, Ponce y Cataluña.De los sin ningún destino: Cinema Roma, Ariel. De los de reciente desaparición, El Cid.De los viejos supervivientes: Libertador, Astor Plaza, Royal Plaza, Cinelandia, Metropol, Patria y Radio City. De los que se reconvirtieron en salas X, a más de los ya nombrados: Cine Esmeralda, La Carrera. Prado. Sobre el terreno de lo que fue el cine Imperio, Cine Colombia construyó las salas gemelas de los modernos cines Chapinero 1 y 2.Durante los años setenta.

Dentro del programa que desarrolla la Dirección de cinematografía del Ministerio de Cultura, existe un ítem de rescatar salas de cine. Ojalá los dueños del San Jorge, que es una obra arquitectónica, puedan reabrir su teatro y de paso ayudar a rehabilitar el entorno de la calle 15 sobre la carrera quince en el centro bogotano.Deja un sabor de nostalgia saber que en estos cines desaparecidos, se los recuerda con familiaridad, porqueen sus lugares se vivió la emoción de una película que le dejó a uno un momento imborrable en la memoria, que hierve de reminiscencias con ese pasado.La tendencia mundial de hoy, es que la vida social se trasladó a los centros comerciales, que viene a ser el nuevo punto de encuentro de las comunidades urbanas masificadas. Para un ejemplo de esta tendencia nueva y vigente de la vida urbana, lo ilustro que en el pueblecito de Fontibón, al occidente de Bogotá, tuvo tres salasde cine: Bolívar, Milán y Avirama. Este último, apagó sus proyectores el año pasado al ver que los espectadores definitivamente no volvieron al viejo cine de su barrio. Ahora prefieren, desplazarse en un colectivo y acudir al contiguo centro comercial Salitre, en el occidente de la ciudad, para ir al cine en salas más pequeñas, más personalizadas, pero iguales en las intenciones a dejar el paso de las historias que nos llenan de emoción, en ese imaginario colectivo de risas y lagrimas, de penas y alegrías que constituye el mejor entretenimiento que nos legó el siglo pasado. El cine que nos genera aún cierta parte de la felicidad tan anhelada por todos....