22/11/07

¡Qué gran amigo de este domingo!

cuento

La cita era en el parque El salitre. Cuando lo vi sentí, no sé, un presentimiento raro. Era mechudo y larguirucho que a mi hermana le gustaba por su parecido a Jim Morrison que entonces sonaba tanto en las emisoras porque se había ido al otro toldo después de meterse una tenaz sobredosis, dejándonos sus canciones. Me sonrió estupidamente. Pero al rato se esfumó de nosotros. Lo buscamos entre la gente: entre las parejas de enamorados abrazados, entre padres y madres con sus niños que sostenían globos de colores mientras comían algodones de azúcar mientras otros dejaban caer sus helados. Lo encontramos todo extasiado tumbado sobre el pasto con los brazos cruzados tras la nuca, entrecerrando los ojos del sol inclemente del atardecer. Pero un carabinero montado en su caballo se nos adelantaba obligándolo a levantarse. Trastrabillaba. Mi hermana se puso roja de la vergüenza conmigo y yo emputado. Le preguntó al carabinero, por qué se lo lleva, qué hizo de malo. El carabinero nos dio una mirada sombría de indio puro mientras iba montado sobre el caballo blanco. Y cuando avanzábamos detrás la gente entre cuchicheos nos miraba sorprendida como a unos aborrecibles delincuentes. Al apearse del caballo nos dijo: ustedes son el resto de la bandola. Mi hermana contestó muy airada, cuál bandola, es un amigo. Este ni se enteraba que era con él porque pasivamente se dejó empujar adentro del cuartelillo, donde otro policía gordo y trigueño lo recibió encerrándolo tras las rejas. De la boca le botaba una babasa blancuzca y pensé ese está empepado, me cabreó más la situación. Lo hicieron desvestirse enterito. Pero por qué le hacen eso, protestaba mi hermana casi a gritos.¡Ah! muy salsita, venga usted también! A empellones la puso tras las rejas. ¿Por qué se mete así con mi hermana tombo granhijueputa! Metase conmigo! Usted también muy alzadito me dijo el otro carabinero gordo que inmediatamente retiraba su brazo extendido con el bolillo sobre la espalda de mi hermana y abrazándome me lanzó tirándome con otro fuerte empellón adentro. El amigo con una mirada de extravío no sabía qué pasaba y seguía todo ido. Los carabineros se pusieron a esculcarle los bolsillos del pantalón, los pliegues de la camisa buscando la droga. Y el aindiado que era bajito y bien agresivo le ordenó: bájate los calzoncillos. Él seguía todo ido no le hacía caso al carabinero. Este con el bolillo le hurgó por detrás. Pensé que le había metido el palo en el culo porque ahí mismo reaccionó como electrizado y se los saco inmediatamente. Mi hermana en silencio volvió la mirada triste y la agacho frente a mi avergonzada, evitando ver la desnudez del amigo. Se me pasó pensar si ya no se lo habrán comido. Mientras el carabinero con el bolillo inspeccionaba con cara de asco el calzoncillo tirado sobre la baldosa del piso sucio. Sintiendo esa humillación mi hermana se abrió la blusa de golpe frente a la cara de los carabineros y todos los botones tintinearon sobre el piso. Surgieron rosados y empinados sus senos cuando les gritaba, soy otra traficante! Escúlquenme también malditos! Los carabineros pusieron una cara de sorpresa avorazada. Sólo atinaban a decirle, tapese! Tapese! Mi hermana se dio cuenta que no quedó un solo botón en la prenda y se anudó a la cintura la blusa y quedaba toda sexy. Todos nos calmamos. A ver sus papeles, nos pidió después el otro policía gordo. El amigo se bamboleaba metiéndose entre sus pantalones dijo: qué va envolver hermano y estalló solo en risas. Los policías querían reírse pero se mordían los labios para que no les brotara ni siquiera una sonrisa. De pronto el aindiado fue y le dio un bolillazo sobre las desnudas costillas. Mi hermana corrió y le saltó como una fiera a la espalda del policía. El otro policía gordo viéndose perdido sacó inmediatamente el revólver y disparo de una. Los dos cayeron entre los insultos de mi hermana y gritos del policía. Quien se levantaba herido, agarrándose el hombro izquierdo era el policía aindiado. Confieso que entre la rabia sentí un fresco de satisfacción. El policía se acercaba al otro herido que apretaba el hombro sangrante, le dijo con toda una carga de dolor y amargura, qué gran amigo de este domingo! Observando al sacar la manga y descubriendo que solo fue un roce de la bala. Los dos policías se miraban más asustados. Bien tarde la noche nos soltaron. Llegamos en silencio a la casa. Al abrir la puerta me acordé cuando mi hermana le señaló al amigo, mientras el policía nos dijo, dejémoslo que le pase la traba, y repitió las palabras del otro policía aindiado:¡ qué gran amigo de este domingo!

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