17/11/07

EL SUEÑO DEL PERRO



EL SUEÑO DEL PERRO

cuento

Todavía sonaba estruendosamente en la buseta una canción de moda que dice: a- mí- tú- cara- me- fascina- a- mí- tú- cara- Me- da- vida- será- tú-sonrisa, será- tú- sonrisa- cuando iba absorto viendo el rostro de la bella desconocida, sentada en la ventanilla a mi lado, deseando abordarla y decirle: hoy es viernes. Bajémonos. Tengo veinte mil pesos, quiero qué conversemos. Mire por aquí en La Candelaria hay muchas tabernitas chéveres donde tomaremos unas cervezas. Deseo conocerla. Usted es linda, con esa mirada limpia y ese candor que emana y esos grandes ojos cafés. Y quiero saber qué nombre tiene y guardarlo en mi corazón junto con su teléfono para después llamarla y ver cuándo para vernos y la invito a una película, porque cómo gustarme el cine. La cartelera actual ya me la vi toda. Pero seguía absorto y ajeno a lo que estaba pasando, pensando con mis ojos puestos en el inmenso mar titilante de luces que desde la cuarta ve uno allá, espectácularmente, extendido como un gigantesco tapete luminoso cuando la buseta avanza por Nueva Santa Fe y sigue hacia las Cruces, y la mirada de ella era como sumergida en otro panorama más interesante, mientras detallaba que tenia un fino bozo femenino, de vellos rubios, y esos labios brotados para besarla Dios mío. Realmente era muy bonita la muchacha: blanca, con ese cabello largo, lacio, negrísimo, sin horquillas. Mientras seguía oyéndose estruendosamente la canción a mí tú cara me fascina, a mí tú cara me da vida, y ella fue quién los vio de primeras cuando se detuvo la buseta y ellos se subieron, ordenando más adelante detenerse al chofer. De pronto el sonido de la canción se interrumpió, pero sigo fijo con la mirada en ella que nunca la conturbe, y no reaccionaba y seguí observándola en su rostro: su piel sana, muy cuidada, imaginándomela embadurnada la cara de cremaesedepons, andando con un camisón azul transparente, con sus senos erguidos, firmes, provocativos dispuesta a irse a dormir sola, porque seguramente es soltera y a la orden como suelen responderme ciertas mujeres solas cuando logro romper mi congénita timidez y cruzo algunas palabras; mientras se detiene y sé sienta y se ve en el espejo, frotándose en la cara la cremaesedepons para verse su cutis lozano, y entonces giro mis ojos para ver qué es que ella ve con tanto pavor ahora, que se vacío en todo el ámbito un silencio tenso parecido a la eternidad, porque el rostro de la muchacha se descompuso completamente, y coloca rápidamente sus manos sobre mis piernas y se baja abruptamente de su asiento, escondiéndose y observo ahora adelante: que son dos los malandros y están atracando al chofer de la buseta: el que iba parado sobre el estribo de la entrada de la buseta, se le notan los labios resecos, los ojitos con el iris rojizo de rata, pensé, tendría unos veintidós años, con el pelo negro azabache de los indios, nos decía más asustado que todos, pero determinante: ¡Nada les va a pasar si no se meten!,que nos repetía y repetía, como una grabación y la voz a veces le salía afónica atravesada por un miedo infinito de matar como pasó después, porque no cambiaba para nada la amenaza sin vergüenza, descarada y grandilocuente, blandiéndonos el revólver pavonado magnum trescientos cincuenta y siete, que nos lo mostraba desde una bolsa azul plástica de supermercado cafam; al tiempo que el otro, su compinche: estaba vestido con unos bluyines sucios, una chaqueta azul, y colocado una gorra de esas de pelotero que le tapaba bien la cara y usan los muchachos y; mientras el chofer expectante se queda parado entre el asiento, después de haber apagado la música y detenido la buseta, y los pasajeros nos mirábamos en vilo como viendo una de las películas que veo y que se estaba desarrollando ahí ante nuestros impávidos ojos de espectadores reales e impotentes cómo el cómplice de la gorra, se acercaba más y se acercaba más, cruzando la registradora hasta llegar al estuche de madera, donde el chofer tenia ahora fija su mirada y había depositado un rato largo antes junto al resto de billetes y monedas mis dosmilpesos con que le pagué el pasaje y le pedí por favor déme las vueltas en monedas de cien pesos para llamar, y el chofer me dio una de esas miradas rápidas y mecánicas y se me hizo muy amable al devolverme las catorce monedas de cien, mientras observaba dónde me siento, porque el viaje a Altamira va ser bien largo y es conveniente irse bien acompañado. Pero el desasosiego me rondaba antes de subirme a la buseta. Cuando fui donde Jainer, el profesor, y él estaba con otros amigos, preparándose para la rumba, porque dijo, gracias a Dios hoy es viernes y fui para que me diera los veinte mil pesos. Y desde cuando salí a esperar la buseta sobre el Colombo americano, bajando por la diecinueve, sentía una desazón mordiente que me laceraba el alma y no sabía por qué me daban unas inmensas ganas de llorar, y es como en el sueño del perro que de pronto da ladridos y aúlla, y no se sabe por qué, y es la premonición sobrenatural de las desgracias mortales, y a las que no hago caso y confundo entonces con la tristeza de vivir solo en esta ciudad gigantesca y fatigada con sus multitudes llenas de soledades, con sus calles particulares atestadas de tanta gente anónima, cuando el silencio que se hacía eterno fue roto y oímos el estruendo seco del disparo que salió del revólver pavonado magnum trescientoscincuenta y siete, cuando el chofer quedó erguido unos segundos eternos, soltando después trastrabillante de su mano el machete que no alcanzó a usarlo, mientras la bala le perforó la frente, y en un chisguete brotaba incontenible la sangre mortal y se desgonzó sobre el asiento, al tiempo que la bella mujer desconocida, gritaba frenéticamente: ¡Lo mató! ¡Lo mató! e inmediatamente estalló en llanto y me abrazaba cruzada por el pánico de la muerte de haber visto al malandro asesino que ahora saltaba junto al compinche de la gorra y se perdían abajo por una esquina oscura de la calle, cuando todos los pasajeros se levantaron al tiempo que ahora saltaban frenéticos sobre la registradora, lanzando una mirada final cargada de asco al cadáver del conductor asesinado. Mientras yo seguía abrazando a la bella desconocida que estaba llorando y temblando conmigo hasta cuando bajamos juntos y ya en tierra, se zafó de mí la bella desconocida, y se fue corriendo, perdiéndose entre los pasajeros que maldecían la inseguridad de la ciudad, cuando quise seguirla, mientras le gritaba con torpeza: por qué se va, dígame por qué se va!


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