29/11/07

Desasosiego

cuento

“No quiero huir de ti, sino de mí” le dijo ella.
Esa situación en la playa le empezaba a aburrir, a fastidiar. Sabía que ya nada iba a ser como antes. Tengo que sucumbir, pensó. Tampoco el desconocido que la acompañaba le significaba nada en ese momento.
“Y qué haces”

“Vendo afiches, recuerda” dijo él.
Ella no recordaba; o no quería recordar. Le asomaban a su mente destellos de recuerdos como el sonido persistente del timbre. Se tambaleaba borracha agarrándose con la mano en el pomo de la puerta abriendo y cayéndose frente a la cara sorprendida de un vendedor ambulante que le ofrecía afiches. Despertó con escalofríos protegida con una cobija, mientras ese mismo extraño la saludaba, sonriéndole. Se quedó velando su sueño profundo. Miró su reloj de dígitos luminosos, son las tres pasadas, no he comido nada. Vio en la nevera una cerveza y la destapó. Se preparó un sanduche y recorrió el apartamento. En las paredes cuadros originales de pintores famosos. Los admiró con devoción. Apreciaba el arte de verdad y no esas burdas reproducciones con las que sobrevivía.La cerveza le dio ganas de orinar. En el baño encontró sobre un espejo un polvo blanco, y una cuchilla de afeitar partida en dos. Estaba apartada. La idea de que aquella mujer, seguramente dueña de esos cuadros, se quería cortar las venas, lo perturbó. Volvió a contemplarla en el sofá de la sala con un sueño profundo.
Caminaban sobre la arena ardiente de la playa. Las olas les refrescaban los pies como un bálsamo. La brisa escasamente soplaba y era tan caliente que el aire reverberaba en el atardecer. Sudaban.Ella lo miró altiva queriendo demostrarle así su superioridad.El iba detrás en silencio, pensando que acompañaba a una loca, y se creyó también otro chiflado porque le siguió la corriente cuando le propuso ir al mar que tanto anhelaba conocer.
Ella se daba cuenta que su vida estaba vacía, sin sentido. Sabía que de ésta ya no quería salir, deseaba hundirse más, sucumbir definitivamente. Al verla adentrándose más y más la arrastró hasta la orilla y la dejó allí muy asustado. Recordó aquella poetisa que se adentró en el mar, desapareciendo.Estalló en un llanto que se confundía con el agua de las olas que le golpeaba el rostro.Lo insultaba jadeando derrumbada apenas vestida con ese camisón que se le pegaba a la piel, delatando que estaba completamente desnuda. El sintió una erección al verle el espléndido cuerpo húmedo.
“La vida es dolor y sufrimiento, pero todo es pasajero.”
Ella al oír esas palabras del desconocido, sintió un alivio placentero. Había encontrado a alguien que por fin le importaba su vida.El seguía ahí agitado viéndola sollozar.
Le extendió una mano. Ella le alcanzó las suyas. A ella se le iba disipando ese desasosiego acendrado en su alma que le parecía que ascendía y descendía como las olas del mar.
Después caminaron una detrás del otro, viendo juntos que el sol se opacaba en el horizonte.