2/11/07

*A AQUELLOS CUYA ESTANCIA EN ESTE EDIFICIO ES PASAJERA

Creo que nunca voy a salir de este edificio. No recuerdo despertar. Imagino que despierto en un ascensor o en el rellano de una de las escaleras después de mal dormir toda la noche y que en la mañana los primeros abogados me despiertan, los funcionarios que van a los despachos me pisan cuando suben las escaleras o empujan mi cuerpo para abrirse campo en el ascensor, y me despiertan y no siento despertar porque, de otro modo, tal vez lo recordaría. No sé; en realidad no tengo certeza de eso. Creo que nunca he salido de este edificio y que nunca duermo. Si durmiera, si en realidad durmiera, soñaría; y en sueños, pienso que viviría en otros lugares, en el ancho mundo que se extiende mas allá de la puerta y que puedo contemplar a veces desde la ventana del edificio. Pero no; no tengo recuerdos de haberme soñado fuera del edificio, lo que me lleva a pensar dos cosas: Nunca he salido del edificio, lo que me impide, como es apenas obvio, soñarme en un lugar distinto, restringido mi cerebro a las sensaciones que le han aportado mis sentidos encerrados en este edificio de diecinueve pisos. Así, en la vigilia, vivo encerrado en este edificio, y en las noches, cuando duermo, sueño que estoy encerrado en este edificio, lo que hace esta condena interminable e ininterrumpida; Segundo: Pude haber vivido hace mucho tiempo fuera de este edificio, pero hace tanto, que ya no tengo recuerdos del exterior, o mejor, el recuerdo absoluto de mi vida en este edificio se repite una y otra vez sepultando implacablemente los recuerdos que tenia de fuera.

He dicho: creo que nunca voy a salir de este edificio, pero decirlo es reducir mi condena a un aspecto meramente espacial; seria más preciso decir: creo que nunca voy a salir de este día. Si estar encerrado en un espacio restringido es una cosa y estarlo en un lapso es otra. Estaría seguro de estar encerrado en un día y en una noche cuyo sueño es la prolongación de la vigilia, si no tuviera el recuerdo de aquel día. Porque, subo y bajo escaleras, a veces me ayudo del ascensor, hablo con las mismas personas en los mismos despachos de este edificio de la Jiménez con décima, me aprieto en los elevadores con abogados petulantes que conozco hasta el tedio, consulto expedientes que no se mueven (he olvidado decir que la inmovilidad de los expedientes hace que presienta la inmovilidad del tiempo); y en la total ausencia de cambios, los días que se repiten devienen en uno solo que tiene la apariencia de muchos días que se repiten absolutamente iguales. Salvo por el día en el que la vi en la escalera. Siempre he estado atento, considerando mi condena, a no caer en el juego de las alucinaciones. Sé que en la monotonía esta la soledad y que en la soledad forjamos imágenes para evadirnos del dolor de sentirla, y que esas imágenes son compañía y que son mentira. Tengo la sensación de haber leído, pero no puede ser por que no tengo el recuerdo de haber visto jamás un libro en el que se hable de ello, acerca de un pueblo que para salvarse de la soledad de un desierto, imaginó un dios invisible: ¡espectro de espectros! ¿Para qué engañarse? Si el día es el mismo y el espacio es invariable, tan solo basta con repetir la acción. El antídoto para la desesperación de la condena es participar de la condena. Siempre lo he pensado y diría que lo he pensado y lo pensaré por siempre; pero ese día la idea de la repetición de mi existencia se detuvo. No pude haberla imaginado ¿Cómo mi cerebro podría crear una imagen distinta en mi mundo igual?

Estaba al final de una escalera que termina en el segundo piso, llorando. La verdad, no sé si lloraba. Eso pudo haber sido fruto de mi imaginación, ya que en este edificio el único que llora, y muy frecuentemente, soy yo. Y entiendo que es normal que proyectemos en los objetos de la realidad, cosas que solo son nuestras. Concedo que su llanto era ficticio pero no su presencia era real. No tengo la menor duda de ello. Me le quedé mirando. Así estuve por un instante hasta que ella giró la cabeza, y como si hubiera estado conmigo siempre, me dijo: “es horrible”. No supe qué decir, solo se me ocurrió que estaba perdida y me acerqué para orientarla. Nunca había dado indicaciones a nadie, no sé cómo lo aprendí, pero me acerqué a ella, y le señale la escalera que podía tomar para seguir subiendo. Me dijo, gracias, palabra extraña para mí no desconocida, y se alejó para subir por la escalera. No sabía qué hacer. Increíblemente olvidé lo que tenía que hacer. Su imagen le dio un movimiento tal al mundo que a mí, hombre acostumbrado a la quietud, me dio mareo. Por primera vez reflexioné sobre lo que iba a hacer. Siempre reflexiono pero de manera abstracta, etérea; especulo sobre las causas, las razones, las posibles explicaciones para mi condena; pero nunca dudo sobre el menor movimiento que emprendo en el edificio. En ese momento pensé si debía subir o no, cómo debía hacerlo, y a qué piso exactamente. Lo más fácil era seguirla, subiendo tras de ella por las escaleras, pero tuve miedo. Tome el ascensor. Inconcebiblemente, agobiado por la duda de qué hacer el instante que sigue, descanse en la fortuna, y dije al ascensorista: piso diecinueve, por favor. El apretón rutinario era inconcebiblemente distinto para mí
Nunca me he visto en un espejo. En este edificio no hay espejos. He escuchado decir, “me vi en el espejo esta mañana”, “¿no se ha visto en un espejo?”, o “será que no se ha visto en un espejo”. He escuchado todo eso y no he visto el primer espejo en mi vida, no recuerdo haberlo visto, por tanto, no recuerdo haberme visto. Ando por la vida en este encierro sin poder reconocerme, sin verme reflejado en nada. Si existiera un ser exactamente igual a mí, mi doble, y me encontrara con él, frente a frente, no me sorprendería simplemente porque no lo notaría. Es aterrador nunca haberse visto reflejado en un espejo; creo que es la peor parte de mi condena: Ignorar si se es distinto de aquellos con quienes se comparte el ascensor es... No sé. He escuchado que hay espejos en los baños pero no he podido entrar nunca. A este hecho le debo varias cosas, la más importante de ellas, el saber de mí; además, que tengo como profesión la de abogado, el que no soy un funcionario. Los baños son exclusivos para los funcionarios. Ni soy funcionario. Cuando no se puede verse reflejado en algo es bastante útil la exclusión de algo para definirse un poco.

Yo nunca me he preguntado para qué estoy aquí. Esa es una pregunta que debe agobiar a los que están de paso aquí, a quienes veo cruzar la puerta que da a la calle horas antes de que el sol se oculte; A AQUELLOS CUYA ESTANCIA EN ESTE EDIFICIO ES PASAJERA, que así como entran salen. Yo, en cambio, me pregunto por qué estoy aquí. Esa es la gran diferencia entre un condenado y la gente libre o, mejor, entre un condenado y la gente que se cree libre. Porque, para mí, sólo hay una cosa tan clara como mi condena: la condena de los otros. Cuando de este edificio de la Jiménez con décima, él último funcionario sale, yo no siento envidia; miro hacia la calle y me digo, con la lucidez de un profeta que contempla el presente: En otros edificios estarán encerrados.

Me sentí alarmado cuando al verla en la baranda del juzgado, creí verme a mí mismo. No pudo, no puede ser así: Yo no era, yo no soy ella. Apresuré una explicación mientras me acercaba a ella: la imagen que veo es una proyección mía. No puede ser: Si ella puede ser una proyección de mí mismo, ¿Por qué no los abogados que suben en el ascensor, o los sudorosos que lo hacen por las escaleras? ¿Por qué no los jueces, los secretarios, los escribientes? ¿Por qué no el edificio mismo? La realidad, mi condena, no puede ser, una imagen elaborada en mi cabeza,. Me acerqué demasiado y notó mi presencia. Sonrío. Me dije: no puede ser la misma, no puede llorar tan pronto como ríe. Me respondí: tu cabeza puede crear lo que sea. Pienso: Sonrío y punto.

Tuve una conversación con alguien al otro lado de la baranda. Dije algo, escuché una pregunta, respondí, una pregunta otra vez, respondí; me pregunté a mi turno, escuché otra respuesta, que terminó la conversación. No supe qué hacer. Caminé hacia la ventana. La ciudad afuera del edificio. Todos encerrados debe tener pensamientos similares. No es muy amable ¿No te parece?. Era ella. Nunca me había sido tan insoportable la presencia en el edificio. Sentí dificultad para respirar la ciudad se nubló en mis ojos, y creí caer... ¿Por qué tendremos que estar aquí y no afuera?, continuo. Yo inhale un poco de aire y cerré los ojos.


El relato fue hallado en las escaleras de un edificio del centro.

No hay comentarios: