4/2/13

La puta, el terrorista, la traficante y yo




Marcelo Del Castillo
Yinet tenía trece años cuando fue violada por un primo. Por eso odia a los hombres pero le gusta acostarse con ellos porque recibe plata fácil y regalos. Como  mueve bien  ese culo,  nunca le falta clientela. Escapó de las garras de su abuela que la volvió callejera, obligándola a acostarse con ancianos, que ya ni se les paraba pero se satisfacían dándole lengua donde sabemos,  y ella feliz descubriendo nuevas facetas del placer. Oh la carne que es débil. La tengo para que  alivie mis calenturas  y la convertí en mi particular informante.
El terrorista se llama Alexis Guerrero.  Creí  que era  uno de esos alías que se inventan los subversivos cuando se activan en la clandestinidad. Comprobé  que así se llama. Raro. Recibió el encargo de unos  estudiantes de fabricarles  papas bombas. Se camufla de universitario. Carga su mochila y  habla la jerga de los mamertos revolucionarios de sala que la revolución y que todo por la lucha compañero. Por plata fabricaría hasta una bomba nuclear. Lo sigo pero no  he dicho nada  a los de inteligencia.
Quien fue no deja de ser. Fanny volvió a sus andadas.  Es la traficante. Montó una pensión  como fachada porque busca jóvenes bonitas  para entrenarlas  como mulas y  mandarlas después todas  cargadas a Madrid. Además, donde  ella  misma se cayó con un kilo de perico. Le dieron cinco años y la favoreció porque ya es una  anciana. Le estoy haciendo seguimiento. Tampoco les he dicho nada a los especializados de estupefacientes.
Yineth no quiere meterse de muchacha del servicio donde la cucha de las mulas.  Así podría  informarme la vuelta  que está haciendo Fanny para captar mulitas lindas. Pero no quiere ponerse como las camareras, al otro lado de la cama para cambiar los tendidos que lavan las sabanas y limpian en los burdeles finos. Le digo que trabaje esta vez por la patria. Me dice que ni por la medalla de la Cruz de Boyacá si la recibiera, va a sacrificar su vida  cómoda por un suplicio de humillaciones. Además, por qué le voy a trabajar a un gobierno que  solo ayuda a los ricos, me repitió varias veces. Le dije que no va hacer para siempre que  tiene la opción de salir cuando quiera pero mientras tanto está  en una misión humanitaria como si ayudara a los pobres. En este caso el pobre sería yo que busco con ansiosa urgencia la forma de ascender dentro de la institución.
 Alexis anda calmado desde que llegó  por pura casualidad a la pensión de la cucha Fanny. Dizque se muestra amable y servicial. Ni siquiera fuma. Sale recién clarea el día. Y preciso llega a la u y se confunde en las clases de sociología. Después va al centro y se mete por la dieciséis  donde creo que se rebusca en la compraventa de libros especializados. Le dije a Yineth que mirara qué libros son. Lo que me costó convencerla para que dejara su vida fácil de puta y se camuflara como sirvienta. Me tocó decirle que nunca vaya a levantarle la voz. Que obedezca todo lo que le dice Fanny. Así le den ganas de matarla como cuenta que le fascinaba  ver cuando la abuela le torcía el pescuezo a las gallinas apenas se desgonzaban muertas. Y  ella seguía pensando en la pobre gallina que había servido después para hacer el sancocho que se comían mientras pensaba como sería estrangular así a su abuela torciéndole el pescuezo. Y se reía. Y me preguntó si yo he matado. Qué se siente matar, dime cómo es  esa sensación. Insistió tanto con la pregunta que cogió la glock y me apuntó de una. No hagas eso, le dije. Dejó de apuntarme y la metió otra vez en la chapuza. A mí, se me pusieron de corbatín. Le di una bofetadón duro que le saltaron lágrimas. Nunca. Nunca vuelvas a hacer eso puta. Si le apuntas a alguien, lo vas quebrando pero jamás vuelvas a amenazarme. Ni de chiste. Tonta. Empezó a reírse. Con esa risita entre burlona y lasciva porque a ella el peligro la pone arrecha. Me tocó  después darle por donde sabemos para que le bajara la calentura y yo me descubrí otras cosas. Se me hizo de más goce porque me pidió que le diera por detrás y me tocó complacerla. Y ella quedó feliz y divinamente como suele decir cuando tiene sus orgasmos plenos. Por eso no la dejo. Además ahora es cuando más la necesito porque entre los ayes y quejidos de placer me iba contando que la cucha Fanny, ya entrenó a tres mulitas pereiranas, las puso a comer uvas enteras para que tragándolas vayan acostumbrándose cuando traguen después los dedos de guante rellenos con el perico. Y Alexis metió en estos días cosas raras apenas llegó al cuarto.  Y pone la grabadora que tiene a todo volumen con esas canciones de Mercedes Sosa. A ella se le hizo lo más raro porque cuando va al baño, o atiende una llamada deja siempre la puerta abierta de su cuarto pero ahora la cierra. Y anda callado. Solo saluda buenas tardes, bueno días, y se mete de una al cuarto y no vuelve a salir.  Algo está tramando. Quedé preocupado. Y ahora tengo que entrar  para cerciorarme si Alexis empezó a fabricar las papas bombas. Acaricié todo tierno y cariñoso el culito levantado de Yinet que me dijo que ese dolor era placentero, una sensación de goce feliz. Y me gusta hacerlo solo contigo, me dijo. No la sentí resentida. Y se despidió con su risita burlona. Dándome un beso. Cuando llegué al apartamento, que es enorme de los de antes, que soportó la embestida del impacto. Yinet me hizo seguir y puso los dedos sobre sus labios para que me quedara calladito, y me metió a su cuarto. Me hizo acordar cuando yo en una pensión de la décima metía putas que dormían conmigo pero me tocaba sacarlas en la madrugada para que el dueño no me revirara después.  Saqué la glock, y pensaba que de una debía caerle al Alexis y cogerlo con las manos en la masa. Pero Yinet se puso a abrir cuando las mulitas  lindas llegaron como en tropel de cabras. Hablan y hablan y se reían. Yo ya estaba muy cabreado porque Yinet nada que me daba la señal que habíamos acordado, y era que cuando entrara  Fanny ella iba a dar tres timbrazos como urgentes con el pretexto que está limpiando las paredes y el timbre de paso. Pero como el pececito que encuentra al otro en el mar y se saludan y el uno le dice al otro, aquí nada que nada. Y me sonreía y nada de la señal. Entonces decidí salir. El cuarto de Alexis está al lado del de Yinet, donde yo estaba. Salí y alcancé a oír cuando Yinet se reía y se reía con Alexis y me asomé y solo alcance a ver cuando sobre una mesa estaba el material que preparaba Alexis y la bruta de Yinet le dio por meter el cuchillo de mesa en el explosivo y todo se me derrumbó.
Ahora debo esperar que pase todo porque Alexis voló en pedacitos. Yineth quedó incrustada entre una división que había pero sobrevivió. Fanny desapareció, y la sigo buscando. Las tres mulitas negaron todo y ahora canan en el buen pastor. Yo me digo que todo lo preparó Yinet porque quería matarme a mí junto con Alexis, pero sigo vivo y a pesar de la cojera, me ascendieron a Estupefacientes como Inspector investigador. Algo es algo. 
Ilustración fotomontaje: Sebastian Eriksson

19/1/13

Un hecho de sangre


Marcelo Del Castillo

¡Llame a una ambulancia! ¡Llame a una ambulancia!
Los gritos del niño frente a la garita.
El celador lo mira y recuerda que en la madrugada, en esa casa llegó la pareja, cayéndose de la borrachera. Él la empujó cuando cruzó la puerta y entró. Ella se carcajeó y siguió al interior. El hombre subió tras ella y discutían fuertemente. Entre las palabras que distinguía el hombre decía, eso no me lo hace más, porque si no va a ver quién soy yo. Y gritaba.
Adentro la mujer seguramente cerró con fuerza la puerta porque se oyó claro un portazo que despertó al niño.  Después una voz de mujer dijo qué pasa, otra vez de pelea. El celador recordaba y siguió su rutina de caminar vigilante.
El niño ahora  lo mira ansioso con los ojos llenos de lágrimas  y le repite urgido:
¿Por favor, llame una ambulancia!
El celador marca desde su celular.
Sí, que venga una patrulla que hay una riña familiar.
El niño regresa corriendo a la casa. Sube al cuarto y se detiene nervioso en el último escalón viendo que el hombre está sentado atravesado sobre el pasillo y no puede cruzar.  Siente miedo y está temblando porque le ve en la mano que empuña todavía el cuchillo de la cocina ensangrentado. Alcanza a ver que su madre yace en la cama y no se mueve. “Está  muerta. Este pirobo mató  a mi mamá” y se sienta a llorar en silencio.
Una mujer desconocida, una vecina que dice que es enfermera sube urgida y entra al cuarto y se acerca al cuerpo y observa a la mujer y nota las  heridas sangrantes en el pecho tibio, y ve una profunda herida en el cuello. Las cuenta. Son doce puñaladas. Tres en el abdomen. Una le perforó un seno. La masacró ese bruto. ¡Por  Dios, que saña y violencia! La vecina piensa en los celos, en la intolerancia de los hombres.  Es muy bonita. Ella la recuerda porque al cruzar la avenida la reconoció  un día en la miscelánea que era la dueña, aunque nunca conversaron de nada. Quiere llorar y se acuerda de una oración y  mejor reza mentalmente.  La palpa en sus signos vitales, y ya no se puede hacer nada. Sale urgida mientras observa al pasar que el hombre está como dormido y sigue sentado en el suelo atravesado en el pasillo.  Hace una mirada de desolación negando con la cabeza. La mujer de la casa al comprender, estalla en llanto. Sube urgida mientras el hombre se levanta. La mujer se asusta y nota que está todavía borracho pero su borrachera es extraña, esta como enajenado piensa.
Del fondo del pasillo, el niño se asoma desde el cuarto y llora pero vuelve a encerrarse al ver al hombre con el cuchillo en la mano. Por el ruido y los gritos ahogados del niño otros dos niños menores que dormían en el cuarto se despiertan. El niño se acerca  a las camas y les dice que no se levanten, que todavía pueden seguir durmiendo. Pero uno le pregunta por qué estás llorando. No, yo no lloro es que me entró  mugre a los ojos. Se asoma otra vez a la puerta y el hombre está ahora de pie empuñando el cuchillo que se lo acerca a su garganta. “Ese pirobo mató a mi mamá”. La mujer se lanza a quitarle el cuchillo y el hombre se tambalea, soltándolo. El cuchillo cae al suelo. El hombre se agacha a recogerlo pero  él se cae de bruces. Llega un par de policías y desde  las gradas de la escalera le apuntan con sus armas de dotación. El hombre al ver a los policías,  apuntándole agacha la cabeza y con tristeza les dice, saben yo la amaba, yo la amaba. Uno de los policías le ordena con una patada que se levante diciéndole, la amaba tanto que  tuvo que matarla. El hombre frente a los policías los mira con la mirada perdida, extraviada repitiendo yo la amo, la amaba. Ya está muerta, pobrecita. La amaba. Lo esposan. La mujer empieza a golpearlo en el pecho. El otro policía la aparta a un lado mientras la mujer exclama, ¡por qué tuvo que matarla, bruto!
Detrás de los policías suben los paramédicos y uno de gafas se acerca al cuerpo de la mujer asesinada, le hace una breve inspección ocular, y le dice a uno de los policías que llame al furgón de criminalística para hacer el levantamiento del cadáver. Ahora es de ustedes ese chicharrón tan sangriento.

14/8/12

Esperaba sucediera algo

Foto: Daria Endresen. Fuente:dariaendresen.com
Marcelo Del Castillo

Estaba parado sobre el andén, percibiendo los ruidos frenéticos de la avenida, donde veía transitar los carros veloces que pasaban como oleadas levantando polvo y papeles, mareándome. Sentí fatiga pensando qué hacer ahora. Miré hacia los cerros y me imaginé caminando ansioso entre el apretado bosque de niebla, asomándome a los abismos de los acantilados, pensando cómo la vida se me abría en otro abismo insondable sin saber qué hacer ni a dónde ir. Sentí que si caminaba desfallecería y me atacaría un vértigo. Me apoyé en un poste. La gente, que en ese momento pasaba de prisa, me miró y siguió presurosa a su jornada, a su diligencia, a su trabajo pensé.
Me senté en el borde del sardinel y escuché los insultos desde los carros cuando pasaban raudos: ¡Guevón, te quieres morir! ¡Marica, quítate de ahí! Se acercó un policía. ¿Qué le pasa, amigo? Al oír la palabra amigo subí la mirada y vi que era un hombre joven y apuesto. Me extendió la mano. Dígame, ¿qué le pasa? ¿Lo puedo ayudar?
Recordé los innúmeros policías de otros momentos de mi vida. El policía bárbaro que en plena navidad me golpeó con su bolillo en el estómago siendo yo un niño; el policía que rompió su bolillo en mi canilla en una trifulca callejera derivada de una manifestación con pedreas; los dos policías que una noche desolada vi que empujaron a empellones a un travesti en una calle oscura y empezaron a violarlo. Pensé como Borges, un policía son todos los policías. Pero este policía joven y apuesto me daba la mano, y le atendí. ¿Está enfermo, qué le pasa?, me dijo. Yo sólo lo miraba. Me levanté, me tambalié. Realmente estaba mareado. Y sentí un dolor de cabeza muy intenso que zumbaba en mis oídos y no se me quitaba. El policía trató de sostenerme. ¿Dónde vive?, me preguntó. Yo sólo lo seguí mirando. ¿Se siente bien?, volvió a decirme el policía. De pronto apareció Marcelo y al verme se acercó. ¿Qué le pasa Delca?, dijo. ¿Usté es amigo de él?, dijo el policía. Sí, somos vecinos, respondió Marcelo. Más parecen hermanos o gemelos, son iguales, dijo el policía. Será, dijo Marcelo, mientras se acercaba sonriente con su mirada profunda que quiere esculcarle a uno el alma. Me tranquilicé, aunque seguía mareado. No se preocupe, yo me encargo, dijo Marcelo. Llévelo donde un médico, dijo el policía al irse. Sí, sí, eso haremos, dijo Marcelo. ¿Qué le pasa, Delca, por qué está así?, dijo. La realidad me tiene jodido, le dije a Marcelo, que no supe de dónde ni cómo salió pero estaba allí.
También él se la pasa leyendo muchísimo. Vive hacinado entre libros que están puestos por todas partes. Uno pisa el suelo y halla los libros incrustados como si fueran más ladrillos. Por los libros y su desorden hay una humedad que se nota y una oscuridad de penumbras: las paredes están como tapizadas con enormes carteles con citas literarias extraídas de los mismos libros y más libros. La cama donde duerme Marcelo se dijera que es un nicho de libros y de textos. Es una manera rara de inmersión que hace Marcelo para sumergirse en el más amplio y vasto universo de los libros y, por consiguiente, en su literatura. La última vez lo encontré en la biblioteca abrazado a más libros y me mostró un rimero grueso de hojas impresas que extrajo de un sobre de manila; son el borrador de una novela, me dijo ese día. Pero hasta ahora no le conozco una obra acabada, cerrada y completa; por ejemplo, un libro de cuentos. Sí escribe bajo una fórmula que él se inventó. Todos los escritores son dados a inventarse fórmulas con sus libros malos que después, a nosotros los lectores, nos atosigan.
Escribir sin inspiración y sólo bajo la imaginación, dijo a manera de consigna como si fuera su militancia literaria. Y dijo funcionarle. Estoy escribiendo ahora un cuento policiaco, larguísimo, donde el narrador es un policía de civil que se infiltra en el submundo de los bajos fondos con el fin de penetrar una compleja red de corrupción administrativa, de asesinatos de putas, trata de blancas, sicarios y guerrilla con la derivación de otra red de terroristas al servicio del narcotráfico. El policía descubre alarmado que un grupo élite de agentes del propio gobierno está encargado de crear zozobra y miedo en la población con actos terroristas, y que su vida está en peligro. Eso me contó y estaba aplicado a escribirlo mientras yo me iba mejorando de mi malestar de pánico a la realidad.
Vive escribiendo, según su fórmula, esa novela larga que ese mismo día me dijo llegó a las doscientas páginas, que ya la tenía a punto. Cuando tiene bloqueos con la novela asiste a talleres de narrativa para no sentirse tan solo, y suele encontrase a pares muy jóvenes también propensos a querer narrarlo todo, pero que en síntesis tampoco escriben mucho, buscando sí que les dé el tallerista esa fórmula mágica, ese chip de tips para hacerse escritores. Él repite una y otra vez que la única que conoce es escribir sin inspiración y sólo bajo la imaginación. El escritor es Marcelo. Es él quien vive tramando, como inventando historias. Yo soy el lector. Yo soy Delca, que soporto pacientemente sus líos literarios con intrincadas tramas novelescas. Ahora es más asiduo con sus llamadas para leerme una página más de su novela, y lo expresa con un regocijo infantil, diciendo que ha descubierto más fallos y verdades de la condición humana. Observa las señales que emergen de la misma realidad. Por ejemplo, mantiene cierta superstición con los arcoíris cuando se forman en el cielo gris y de lloviznas, y los ve maravillado pensando en un deseo; cuando aparece algún arcoíris nuevo en el horizonte, dice que se le van cumpliendo uno a uno esos secretos deseos y espera tranquilamente que algo extraordinario suceda en el próximo arcoíris. Y así…
No sé cuáles serán esos secretos deseos que nunca me ha confesado. Cuando hemos coincidido por esas internas simetrías de la misma realidad que sufrimos, me dice entusiasmado que espera ser parte de una historia de amor, donde expresarlo no esté envuelto en tantos intereses. Me río con cierta piedad, pues donde hay más intereses, ¿no es acaso en el amor?, pero él no pierde la esperanza. De ilusiones también se vive, le digo ya bastante repuesto después de tomarme una taza de café que me brindó y es de lo mejor que sabe hacer bien.
Atino a creer que quiere hallar a la mujer de sus sueños y con ella construir la felicidad, como haciendo honor o desdicha al apellido que compartimos: un castillo donde él sea el guerrero que cuida a una linda princesa cautiva de amor y vivir un cuento de hadas: y fueron muy felices…
Aspiro termine pronto su novela, que a propósito es de amor-humor y desamor, pero no es tan rosa…
No sé cuál de los dos escribe estas páginas.

24/5/12

Cuento de amor y de tragedia


foto:internet

Marcelo Del Castillo

Cuando Arcadio comprobó con profundo dolor que ya no tendría más los abrazos  y los besos de su amada, que lo acababa de dejar por otro, enloqueció.
No volvió a comer. No volvió  al trabajo. Era un calibrador de rutas de buses; así se llamaba al operario que anotaba  los tiempos y los itinerarios y las placas de los vehículos, y de eso sobrevivía.
Volvió con ansiedad a oler pegante y veía los recuerdos vivos de su amor a Malena. Y se reía. Reía, porque en su mente Malena lo veía entonces con miradas de amor, o de pronto él pensaba que eso era el amor: quedarse contemplándola a sus enormes ojos marrones, que le brillaban y verse que se asomaba él a su iris, y se transfiguraba en ese recuerdo, mientras los buseteros le alcanzaban algunas monedas porque ya estaba en los puros huesos.
De elegante y limpio, se volvió harapiento y maloliente. No volvió a bañarse ni buscaba comer. Los vecinos dijeron que de verdad quería morirse de amor.
Pero los tiempos son muy difíciles y duros, donde particularmente ya nadie se muere de amor ni las mujeres ya no creen en los abrazos y los besos de amor. Buscaban ávidas sólo ser reconocidas. Eso pensaba Arcadio mientras seguía oliendo el pegante que lo trastornaba.
Entonces pensó que si abrazaba así, sin  más ni más a las mujeres ellas iban a corresponderle. Pero simplemente  no se dejaban abrazar porque no sentían nada. Un abrazo es un vínculo de amistad y de amor, pensaba.
Y recordaba a  Malena, así se llamaba su amada, la que le dijo sin rodeos ni aspavientos: tengo otro amor y ya tus besos y abrazos no me gustan más, no los quiero más.  Mi  nuevo amor  si sabe abrazarme y besarme mejor que tú.
Arcadio al oírla sintió en su corazón un vuelco angustioso poniéndose a palpitar más y pensó que trataba de molestarlo, de hacerle una broma que sentía muy pesada. Pero cuando Malena, no se dejó abrazar más al encontrase de nuevo en la cita en el parque, pues él necesitaba de sus besos y de sus abrazos como el aire para respirar y se sentía plácido cuando la abrazaba y palpaba su cuerpo óseo y esbelto junto con su pecho tierno y sabía que igual le sobrevenía un estremecimiento interior y la deseaba. Pero calmaba su vigor de joven en prolongadas autosatisfacciones, con la hermosa imagen de Malena, en su mente y se  reía.
Y así siguió a caminar por las calles a buscarse mujeres que se dejaran abrazar y besar porque el amor así es, pensaba mientras el recuerdo de Malena se volvió atormentador y angustioso, porque era otro que no conocía ni sabría conocerlo nunca, que la tomaba de su mano fina, que la besaba con delicadeza. Recordaba, que ese ademán,  lo aprendió en una película que ya había olvidado su título.
 Y se reía a carcajadas con la bolsita de pegante que aspiraba cada vez con más ansiedad, con cruda ansiedad de sentir como morirse de amor.
En su mente se cruzaba el recuerdo intenso de su deseo de abrazarla a su Malena traidora, y sucumbió. Empezó a  toser y a toser. Una tos incesante y enferma. Una tos estremecedora  y cargada de convulsiones que confundió con el mismo dolor de amor y murió ahogándose intoxicado mientras comprobaba que el recuerdo del amor de Malena era el peor de los venenos.

26/8/11

A lo bien

foto:internet

Marcelo Del Castillo

¿Cómo se llamaba, esa mujer menuda y bonita que tuvo un niño de un pandillero, que estaba en la cárcel porque había sido atrapado en el asalto a un banco. Después también tuvo otro niño de un muchacho “a lo bien”, que era hijo del dueño del supermercado del barrio. Ella no vivía con ninguno de sus hijos porque se los habían separado y cada niño estaba repartido uno con la madre del pandillero, y el otro con los padres del muchacho a lo bien. Entonces a ella le había dado por consumir droga; primero aspirando pegante, después marihuana, y por ahí siguió a la cocaína. Para costearse la adicción, a lo bien, se metió de puta. ¿Cómo se llamaba?

25/6/11

Sólo veníamos a eso


Marcelo Del Castillo

Cuando Fernando la vio: sentada en la cama, acariciando el cobertor pensó que así empezaba a realizarse al fin el deseo que tanto encomio y decisión puso.

Recordó, cuando se conocieron. Él, asistiendo a las clases, siempre borracho a las putas clases de filosofía como si sirvieran para algo. Se echó un trago de aguardiente desde el tetrapack. Lo guardó. Sacó una botella de agua, hizo buches y se los bebió. Buscó en el bolsillo una menta y observó que ya no tenía.

“¿Por qué tomas a estas horas?”, dijo ella.

“Es mi desayuno”, respondió el.

Ella recordó el agudo sarcasmo de la respuesta que sonrío. La hizo detenerse para verlo como analizándolo. Se le hacía fatuo, bravucón, por supuesto, alcohólico. Se sorprendió después cuando a la salida de las clases él estaba esperándola. No se imaginó que ella le hubiera despertado tanto interés. Nadie la esperaba. Y, sí, reconoció, le gustaba.

Siempre le gustaban hombres mayores porque ella creía que así aprendía más experiencias.

Y fue eso que con él la llevó a probar de todo o casi todo por pura curiosidad de adolescente.

Ya lo habían hecho otras veces. Ella confió que él sólo la buscaba para acompañarlo en sus juegos de excesos autodestructivos. Entonces Fernando se aperaba como si fuera a una rumba espesa: compraba tres botellas de Habana Club, cigarrillos. Buscaba al jíbaro de la zona para comprarle varios gramos de cocaína. Cuando la llamaba con un acentuado tono de intriga como si ella fuera socia en un cruce sórdido y prohibido, que a ella le encantaba, porque hacía un desdoblamiento de su conducta. Ante su madre y sus amigas se mostraba ecuánime, bien juiciosa diría su abuela. Mosquita muerta, la insultaría una compañera de colegio, que aún la frecuentaba, porque mantenía su amistad por sus afinidades: le gustaban más las mujeres que los hombres pero no iba a ir por ahí a decirlo así nomás. Eso todavía no estaba bien visto.

A Fercho sabía seguirle la corriente y estar lista a decirle no a sus propuestas eróticas, a veces directas, a veces con doble sentido que lo mantenía a raya. Lo dejaba abrazarla, le sacaba un beso, y el sentía el rechazo. Siempre así en las ocasiones que se encerraron en un hotelucho a drogarse.

Entonces entraban en acción. Ella aspiraba con euforia la cocaína que él le suministraba, mientras oían, baladas insulsas en las que él tatareaba con sentimiento y lloraba nostálgico. Si sonaba The Beatles. Ella le decía retro, retrogrado. A mí me gusta el rock duro, el jevimetal, es el frenesí. Parcero Mayor. Mientras él bebía y bebía del pico de la botella y la asediaba, acosándola para que diera su brazo a torcer, lo que él sinceramente deseaba de ella: comérsela. Probar carne joven, jovencísima, fresca y juvenil.

“Creo que es virgen”, pensó al acercarse a ella sentada en el borde de la cama. Ella sintió, esta vez, un profundo malestar porque él insistió presionándola. La cita la puso como un enigma en estatus de feisbuc. El escribió: ¿Dios se inspira en su soledad para crear el caos? Y ella halagaba el estatus. Habían chateado, y él le hablaba de filosofía. Odiaba a Hegel porque había afirmado que los habitantes de este continente son seres inferiores. Ella río de la irreverencia. ¿Quién es Hegel? Nunca lo supo ni se interesó en preguntar. El dijo que si iban a ir donde sabían. Esta vez no podía, tenía quehaceres-mintió- pues estaba en el chat su amiga y desde la graduación no se habían vuelto a ver ni chatear y quería verla y compartirle las últimas experiencias que había descubierto, que no eran más que precisamente las farras con excesos de drogas y trago pero sin sexo con un hombre mayor que ella tenía como nuevo amigo. El man me gusta pero no para tirar le escribió a Sally, la íntima amiga. Fernando le insistió, en el chat, que tenía una cosa nueva, para que la probáramos juntos. ¿ Éxtasis?, escribió ella. No sé. Es una nueva cosa que quiero probarla sólo contigo. La ansiedad le creció a ella, e inmediatamente dejó a Sally en el chat, sin despedirse. ¿Dónde nos vemos? Escribió urgida. En el mismo hotel, donde ya nos conocen, y no le paran a tú edad, escribió Fernando. Listo, va pa esa, escribió ella. En una hora nos vemos.

Cuando ella subió las escaleras, vio la puerta entrecerrada. Fernando la ajustó cuando ella entró. Se descolgó de su vieja mochila. Fernando había puesto sobre la mesita de noche un espejito que cargaba siempre, además, brillaba en él el filo curvo de una navaja, se veían ya listas varias blancas líneas de perico.

Ella vio con ávidos ojos la cocaína duplicada en el espejito pero se sintió cohibida.

“A lo que vinimos vamos”, dijo para romper el hielo.

“Despacio y buena letra como solía decir el viejo maestro de primaria”, contestó Fernando.

Ella se recostó en la cama, se sacó sus baletas, y empezó a darse masajes en sus pies. “Estoy agotada”, dijo.

Fernando no le quitaba los ojos de encima: la vio radiante a la luz del atardecer. La definió entre el claroscuro de la penumbra con su dorado cabello corto a lo varón, sus grandes ojos marrones brillantes.

“Encedamos la luz”, dijo ella.

“No, así es mejor, más íntimo, a oscuras”, dijo Fernando.

Ella sintió un estremecimiento al oír como un anuncio, que ella no quería de él y se levantó como un resorte de la cama.

“Voy al baño, ya vengo”, dijo ella.

Fernando se acercó dispuesto a abrazarla. Se quedó mordido de ansiedad al verla que se le escabulló y cruzó bajo sus brazos extendidos hasta la puerta del baño y cerró rápidamente.

Fernando no se disgustó: ya sabía de sus desaires y rechazos, frotándose las manos.

Se ilusionó con entusiasmo que ahora si caería en sus brazos y por fin darse una revolcadita con ella. Creía que todo estaba dispuesto hasta compró un par de condones que sacó del bolsillo, por si acaso no le gustaba piel a piel por aquello del sida.

Ella se sentó en la taza del excusado pensando que este man quiere comerme y a mí no me gusta, qué hago. Sólo quiero el perico. Cómo hago. Abrió la ventana, y desde ahí pudo ver, afuera, a través del retazo de pared como se oscurecía la tarde que agonizaba. Se sintió sola y pensó en su madre tan sola como ella. Suspiró, sintiendo ansiedad. Mentalmente empezó a decirse de golpe: se lo doy, no se lo doy, se lo doy, no se lo doy.

Fernando se había metido bajo las cobijas, el cobertor estaba caído, ella lo levantó y lo extendió a lo largo de la cama. Vio en el espejito que apenas había una débil línea blanca de perico, se desánimo. Se sentó a los pies dándole la espalda.

Fernando empezó a aspirar de nuevo en el espejito. Y le ofreció.

“Pensé que no me ibas a dar”, dijo ella.

Fernando sacó el envoltorio de perico, una bolsita transparente con broche ajustable. Empezó a esparcirla con una diminuta cucharita de plata. Después con la navaja curva, se puso a picarla con cierta práctica. Ella pensó lo que hace la práctica con el vicio: adictos. Recordó sus cigarrillos y los sacó de la mochila.

Fernando se quedó esperando desairado, sosteniendo el espejito que ella no recibió.

“¡Qué pasa?”, dijo él.

Puso el espejito en la mesita de noche y también sacó de su cajetilla un cigarrillo y lo encendió.

Ella lo miró con desolación. Fumó. Por primera vez pensó en algo tan singular, tan único como matarlo. Se acercó a él diciéndole:

“Voy a acabar con tu sufrimiento”.

Vio el brillo metálico de la navaja curva y la tomó como si fuera a limpiarse las uñas. Se puso el cigarrillo en la boca y se sentó viendo a Fernando que sonreía de una manera mecánica, indicándole que se metiera a su lado en la cama. Sostuvo la navaja con fuerza en su mano y le lanzó un navajazo directo a la garganta, donde inmediatamente brotó un chisguete oscuro de sangre viva. Fernando se puso la mano en la herida mortal, sorprendido y sintió que caía a un profundo vacío oscuro donde todo se perdía.

Ella empezó a desgarrarse la ropa, se dio fuertes puños en la cara, y empezó a gritar con toda su fuerza.

Abrió la puerta y desde allí miró el cuerpo sangrante de Fernando que agónico boqueaba. Dejó caer la navaja manchada de sangre y empezó a correr por el pasillo solitario, mientras repetía a gritos una y otra vez:

“Sólo veníamos a eso, a drogarnos, pero él quiso violarme, lo mate”.

6/4/11

El último aliento



El último aliento
Por Marcelo Del Castillo
El planeta navegaba extraviado en la galaxia. La naturaleza se había agotado y ya no crecía la yerba ni existía el agua. La última guerra por el agua había expoliado a todos los seres vivos. Se había extinguido la vida misma del planeta. Todas las conexiones naturales habían desaparecido. La atmósfera era un manto oscuro de tinieblas donde flotaba un ambiente espeso que producía vapores mefíticos por la ausencia de oxigeno que envenenaba si se atreviera a salir de su escafandra. Martín pensó que era ilusorio tratar de hallar la compañía de alguien. Sudaba protegido en su invernadero. Eso le permitía sentirse vivo al respirar una atmósfera artificial que costó millones de vidas realizarla. Recordó que su padre contaba una fábula religiosa, que el mundo lo había hecho un dios extraño en siete días y había creado al hombre a su imagen y semejanza. Hallaba divertida esa fábula, porque, de algún modo, explicaba un mito fundacional de una especie que ya era extinta y que él era el último ejemplar que la recordaba. Educado en el frio racionalismo de la ciencia-antes de la guerra final- sólo creía en los resultados científicos. Sabía que había sido engendrado mediante in vitro en el vientre de una mujer que ofrecía estos servicios clandestinos. Su padre inmediatamente le incrustó el chip definitivo que legalizaba su existencia, para así evitar que fuera aborrecido y desechado como millones de seres por la proliferación humana que había agotado el planeta. Así, pues, él no conocía sentimientos ni sensaciones abrumadoras. A esa edad- treinta y tres años- no sabía nada de emociones ni entendía por qué en el pasado más antiguo y remoto de su especie, la gente se haya acoplado tanto para producir ese desastre planetario de acabar con el planeta mismo. No sabía ni comprendía palabras como amor, sentimientos. Su mente había sido programada desde su chip para producir cálculos científicos y raciocinios fríos y exactos, donde no comprendía tampoco la palabra error. Cuando comprendió la palabra soledad, en la que estaba, buscó una explicación pero la maquinaría fría, yerta y luminosa de sonidos, no sabía explicarle nada. Así, que abrumado se asomaba una y otra vez al blindado vidrio oscuro del invernadero donde sentía su aliento vivo, esperanzado y anhelante de una compañía…